martes, 23 de diciembre de 2014

Los últimos de la fiesta.

Se habían ausentado por sólo un instante: fueron a la habitación por un abrigo y un beso. Llevaban el sonido de la charla y la música pegado a sus oídos. Sólo fue un instante. Cuando volvieron a la sala de estar, ésta ya estaba vacía: las guitarras estaban quietas, había cojines por doquier pero lo más abundante eran los vasos marchitos. 
Se miraron: eran los últimos de la fiesta. 
Al fin, empezaron a recoger los restos de algo que, para ellos, ni siquiera había empezado. Ella lo miraba atónita, con sus grandes ojos colmados de dudas "Ni siquiera se despidieron". Había planeado aquello con tanto cuidado y antelación, con tanta esperanza y expectativas y, ahora, sin que se hubiera percatado de nada, todo había terminado. Comenzó a llorar con vasos sucios en las manos. 
Él se acercó lentamente y la tomo de los brazos, con impercitible paciencia la condujo a un sofá. Hacía tiempo que él había aprendido a desprenderse, a no esperar y a dejarse sorprender sin caer en las trampas de la expectativa y la frustración de las esperanzas frustradas. Pero ella...ella se apegaba demasiado pronto a todo, era una de las cosas por las que la amaba y, aún así, en momentos como este, deseaba que fuera distinta.
Esa noche la vio envejecer en llanto y, poco a poco, como quien mira una vela derretirse, la vio morir en el sillón, aferrada a los vasos. Lo único que quedo de ella fue su aroma en aquellos vasos marchitos que él guardo en la vitrina de vidrio. 

martes, 9 de diciembre de 2014

Sin título.

Lo habían golpeado tan fuerte que sus ojos estaban totalmente cerrados, apenas podía reconocer sus rasgos tan hermosos que alguna vez mi cuerpo creó. Tirado en la calle como estaba, regresó a mis brazos del mismo modo en que alguna vez llegó: dependía de mi de nuevo. Alrededor de nosotros la gente corría, hablaban, tal como aquella vez en que corrían para conocerlo, en que hablaban para él. Grité, grité por ayuda igual que cuando me deshacía en maremotos de dolor que emergían de mí, grité tanto que empecé a enmudecer, el maremoto esta vez era catastrófico: no quedaría nada. Tomó mi mano entre las suyas y trató de hablarme, lo sentí estremecerse por aire entre mis brazos y mientras él boqueaba con terror, ellos seguían como terremoto imparable, derrumbando, condenando, levantando sus poderosas ondas telúricas dejando a otros en la misma miseria que a él.
A penas pudo abrir la flor que eran sus labios, a penas junto aire, a penas sentí sus manos tomando las mías. Me acerqué a su rostro bello hinchado: nada me impediría reconocerlo, ni aunque no quedara ya nada de él. Besé su hermosa frente abierta y, tal como la primera vez que lo besé, el sabor salado, espeso, a hierro, a sangre. A penas mis labios tocaron su piel a través de toda esa mezcla de sustancias cuando abrió sus dulces labios para nombrarme por última vez.
Y miles como yo me rodearon, miles de madres sin hijos lloraron junto a mí en la noche cargada de muerte.

sábado, 6 de diciembre de 2014

El juego de los besos.

Desde que aprendí a besar me ha gustado dejar huellas de mis pasos. La culpa es de Celia, encantadora y tres años mayor que yo, me besó inesperada, turbadoramente: dejó en mi memoria el rojo terciopelo y húmedo. Yo tenía diez y, como toda niña de esa edad aún le tenía asco a los hombres pero quería que mi primer beso fuera especial y Celia se aseguró de que así fuera. Aún hoy me pregunto porqué lo hizo. Era amiga de mi hermana y era atlética, alta y hermosa. Una tarde, mi hermana y Celia habían robado algunos labiales de mi madre y, frente al espejo del baño, se los probaban uno a uno, borrando todo con papel de baño, mientras yo las contemplaba desde la puerta. Mi hermana nos dejó solas por un momento cuando fue por refrescos, entonces Celia se puso el rojo más obscuro, caminó hacia mí y me besó. Se ve bien en tu piel  blanca, me dijo cuando se separó. Nunca volví a estar a solas con ella. 
Y, sin embargo, Celia nunca me dejaría: para cuando besé por primera vez a un chico, ya había robado ese labial del bolso de cosméticos de mi madre y me encantó ver el rojo en la cara de tarugo de Marco. Seguí usando ese rojo sangre hasta que, finalmente, mordí a Diego tan fuerte que, lo hice sangrar pero no me dí cuenta hasta que él me apartó furioso ¿Estas loca? me pregunto ¡Mi madre me va a matar! y decidí dejar a Diego. 
Con mi primer paga compré una hermosa variedad de labiales rojos y los usé todos. Noté que, a los hombres que les gustaban los besos largos, pausados y apenas rozando la lengua, les gustaban los rojos casi naranjas; mientras que, a los hombres cuyos besos eran rápidos, furiosos, profusamente húmedos les encantaba el rojo vino. Pero a ninguno le gustaba el rojo sangre, ese era para las mujeres. 
La primera vez que me acosté con un hombre, dejé a Herminio, las sábanas de la cama de hotel y a mí misma llena de rojo carmesí. La primera vez que tuve un orgasmo, la boca de Víctor quedó color borgoña. La primera vez que me enamoré, Luis amaba el ciruela. Pero Walter fue mi revelación: la primera vez que lo besé el rojo sangre no dejó huella, tampoco lo hizo después el borgoña, el carmesí, ni el rojo sangre. Desesperada me dí cuenta de que, no dejaba ninguna huella en Walter. La primera vez que nos acostamos, me mordió y me hizo sangrar el labio; la primera vez que hicimos el amor, me sostuvo tan fuerte que sus dedos quedaron marcados en mis muñecas. 
Mordí, añaré, golpee. Nada. Ni una sola, ni una marca. Una noche mientras él dormía, lo contemplé. Miré su pecho subir y bajar, sus ojos moverse bajos sus párpados, su boca abrirse ligeramente y lo entendí. El rojo no me servía con Walter. 
Al siguiente día compré un labial blanco, uno que me costó mucho encontrar y, al volver a casa, marqué todo el cuerpo de Walter. 

domingo, 5 de octubre de 2014

Vistazos de la Vrbe.

Dulce sueño al atardecer, bajo enormes e infantiles pestañas, bien guardado en el raído cangurero, apretado contra el pecho paternal escucha levemente los cláxons, siente las ligeras ráfagas de aire que circulan entre Fray Servando y Congreso de la Unión. Y yo desde la ventanilla del auto los contemplo al tiempo que una ligera sonrisa me devela el sueño, mientras, espero que el siga se ponga en el semáforo. El pequeño rostro se ilumina al ritmo del trabajo paternal, luz roja que desciende sobre los párpados cerrados, ligeras gotas de gasolina que caen en la boca de algodón, calor que reconforta. Dirijo mi mirada al rostro de cachetes forzados, esa a la que le pertenece el pecho que lleva al pequeño durmiente y noto la quemadura más ardiente no está en la gasolina dentro de su boca, ni en ese ligero trago que se escapa y que recorre ya sus entrañas, tampoco en sus manos ya cicatrizadas, ni mucho menos en los labios que de tanto abrirse ya jamás se cierran. La quemadura más ardiente está en el cangurero raído, apretado junto a su pecho, una quemadura durmiente, un fuego ahora incesante y, mientras dure la siesta, bajo. Fuego que poco a poco cobrará la fuerza de un incendio. 
Se acerca, le doy un peso "Adios, tragafuego".   

lunes, 22 de septiembre de 2014

Hijos de Puta.

Seguramente a todos alguna vez, de pequeños, nuestros padres o algunos amigos desquiciados nos advirtieron de la existencia de los monstruos. Ya fuera para hacernos dormir o para intimidarnos y, porqué no, para ridiculizarnos. Todos temimos al monstruo debajo de la cama o, a la obscuridad, al viejo del costal, o a las pesadillas. Sin embargo, hay un dato que jamás nos aclararon, que nadie se molesta en advertirte y que descubres con la edad, sin que por ello el temor se esfume. El detalle es tan poderoso que, en algunos casos, produce una angustia terrible, un nerviosismo congelante, un terror siempre presente que nos acompaña en el desayuno, el transporte, en el lugar más privado y casi sagrado: el baño y; que no se desvanece con la luz del día. 
El detalle es que los monstruos no existen pero sí existimos nosotros.   
En cuanto lo descubrimos, el niño en nuestro interior se extingue un poco en el miedo del adulto en que algún día, queramos o no, estemos listos o no, nos convertiremos. Ahora la fobia no es a la noche o a la puesta el sol, es al espejo. Nos miramos con la angustia en las ojeras, con el desazón entre el cabello, los monstruos somos nosotros. Terrible verdad, incomoda, impactante pero verdadera. 
Trabajamos tanto en cubrir nuestra naturaleza monstruosa, nos lleva años de perfeccionamiento, noches enteras sin dormir, almuerzos en soledad taciturna, tratando de esconder toda nuestra monstruosidad en una botarga. Contenemos el aliento, saltamos por todas partes, nos acostamos metiendo la barriga para que, finalmente, la cremallera de la botarga cierre completamente. Y nos lanzamos felices de tener todo bajo control, de tener una sonrisa con la que no causemos la huida repentina de quienes nos rodean. 
Vamos por la vida felices, nadie nos advierte que, es necesario dejar tendida la botarga en un armario, y, de vez en cuando sacarla al sol y nos aferramos a ella día y noche, noche y día. Y creemos que eso está bien. Pero los cierres se gastan, las costuras dan de sí y, poco a poco, la botarga nos queda chica. Todo está bien mientras uno actúe de acuerdo a lo previsto: sin exabruptos. Pero es imposible vivir sin ellos, en especial cuando se es un monstruo. 
De pronto, alguien, en broma cruel, abre la cremallera, jala de nuestra botarga hasta que las costuras salen volando como pequeños proyectiles y nuestra naturaleza mosntruosa sale por unos segundos a la luz.  Tratamos inutilemente de asirnos a cualquier jirón de tela que pueda cubrirnos pero no hay ninguno que nos cubra lo suficiente. Después de la estupefacción, alzamos la cabeza hacia quien nos despojó de nuestra botarga con una mirada llena de porqué y, entonces, caemos en la cuenta: ante el intento de cubrirnos, desgarramos la botarga de nuestro compañero: está igual de desnudo que nosotros. 
Entonces, hay dos opciones. 1) Mirarse detallada y mutuamente, reconocerse, maravillarse y/o asustarse y después hacer las paces y, siguiéndose el Código Implícito de Monstruos, jamás revelar lo que se ha visto. 2) Retirarse molesto, sintiéndose traicionado, vejado, humillado; no sin antes dedicar algunos insultos dignos para la ocasión, asegurándose que sean hirientes y lo más traumáticos posible.  
Al final, en la vida de un monstruo, es regla general (y por algunos considerado de gran prestigio) que, al menos una vez, alguien le diga en tono indignado, herido o de revelación "Eres un Hijo de Puta". Y es que, entre los monstruos, ser hijo de puta es el más alto rango distintivo, el más alto honor. 
Después de esto, sólo queda recoger la botarga, repararla lo mejor posible (aunque, generalmente, nunca vuelven a quedar igual) y volver a colocársela.

sábado, 13 de septiembre de 2014

Mujer común.

Soy la mujer común y mediocre, nadie dice cosas extraordinarias sobre mi porque no hay nada qué decir. No soy la luz de la habitación, ni la alegría de la fiesta. Mi visión no reconforta a amigos y no enciende fuegos ancestrales. Estoy destinada al sordo y quieto olvido de quienes, alguna vez, me cruce en su camino. En cambio, soy la presencia invisible y constante de una palomilla que busca el calor de los focos. Mi compañía asegura la comodidad del ser servido atentamente y mi amor es el calor del lecho y la seguridad en la obscuridad. Mi amor no es incendio que arde y marca, es árbol que da sombra y flor que aroma. No soy amor para el poeta, sino consuelo para el hombre cansado de navegar en la tierra. Soy mujer que no sabe volar pero que, debajo de la tierra, tiene profundas raíces.

martes, 29 de julio de 2014

El día de limpieza.

Con un fuerte portazo, Papá salió desde muy temprano. De inmediato, la música de Mamá vino muy clara desde el estéreo hasta mi cama y yo sé qué significa oír a Amanda Miguel  en mi sala: era el día de limpieza. No entiendo porqué una canción indica que es día de limpiar toda la casa, levantando todos los muebles y los adornos, cambiando cada cosa de lugar y reacomodando todo de nuevo, pero así es. Amanda Miguel es limpieza. Tirar lo viejo para darle espacio a lo nuevo, dice entre  dientes Mamá.
Al salir de mi habitación ya tengo puestos mis zapatos más viejos y mi ropa más usada y cómoda: lo mejor para la movilidad completa. La lavadora está a medio tragar a Mamá y, sin mirarla siquiera, tomo mi balde, mi escoba y mi esponja quita todo tipo de mugre. Lo primero del día para mí es el baño. Mientras cepillo las baldosas con toda mi fuerza, la voz de la buena Amanda se borra y sólo existe del push-push-push que provoca la aparición de espuma nueva y maravillosa: primero es gris y, poco a poco, logro que sea blanca. De pequeña cuando había jabón para manos me dedicaba a producir mucha espuma y aplicarme una buena capa en las manos y los antebrazos, eran los guantes más elegantes que jamás alguien haya visto, en otras ocasiones, cuando no había jabón debía tallarme con una piedra.
Mamá y yo, como un equipo, limpiamos las demás habitaciones y movemos todo de lugar: cambiamos las recamaras por la sala de estar, la cocina por el cuarto de lavado y el baño…ese siempre lo dejamos en el mismo lugar. Estornudo por el polvo viejo, me quejo a la hora de empujar un mueble muy grande y, casi siempre rompo algo. Mamá es rápida y carga la televisión, cambia la mesa, voltea la cama, carga el mueble de mi ropa y recoge lo que yo he tirado, en una sola canción y sin dejar de cantar. No me gustan los espacios pequeños: tienen arañas, pero Mamá las toma con sus manos y las deja volar por la ventana.
—Sofía, ven. Es hora de enseñarte a limpiar la estufa.
Yo que estaba terminando de sacudir al último perrito de porcelana, casi lo tiro de la impresión. Aún tenía la cicatriz de cuando la abuela me quemó con sosa por ensuciar la estufa cuando ella había terminado de lavarla. Avancé hacia lo cocina y vi que Mamá me veía firmemente.
—Ninguna mujer que se respete dejaría sucia la estufa. Quita esa cara: no usaremos sosa.
Frente a mí, Mamá lucía alta y delgada, bajos sus ojos había una capa de fino polvo gris y su ropa estaba mojada en varios lugares. Me mostró qué debía mezclar en un balde pequeño, sin jamás usar una cantidad exacta, dijo que era algo instintivo, como cuando se cocina. Me dijo que quizás me arderían las manos y que, seguramente, al día siguiente me dolerían los brazos. La estufa negra contra la pared blanca tenía desagradables manchas amarillas a su alrededor, había zonas en las que parecía que un líquido se había estancado en la estufa por mucho tiempo y se había empantanado. Era asqueroso.
—Hay que limpiarla todos los días pero una limpieza profunda como la de hoy se puede hacer menos seguido. 
Metió su esponja en la mezcla preparada y me mostró cómo tallar cada zona. Dividió la estufa en dos partes y nos asignó un lado a cada una. Amanda había acabado su perorata y reinaba un ligero clash-clash. Después de un rato comencé a sentir el cansancio por tallar tan fuerte y por tanto tiempo, la piel de mis manos comenzaba a causarme escozor y mis uñas se rompían como papel. Miré a Mamá y una ligera capa de sudor cubría su rostro, su mirada estaba lejos muy lejos de la estufa. Decidí seguir. De pronto una voz tranquila y dulce, baja y cantada comenzó a llenar la habitación: Mamá estaba hablando. Lo hacía en un tono que jamás le había escuchado. Me contó cómo conoció a mi padre y me dijo que teníamos la misma sonrisa, que por eso, cuando yo reía ella se quedaba muy seria. Me dijo que, cuando él se fue, las dos lloramos mucho por muchos días pero que después conoció a Papá.  Me dijo que Papá había sido muy tonto el día anterior. Recordó que de niña quería ser veterinaria y no secretaria, me contó que la Abuela la había castigado envenenando a su gato porque ella había respondido mal un examen. Y me dijo que cuando el doctor le contó que tendría una hija, lloro de felicidad en el baño del hospital. La estufa quedó como nueva.

Al día siguiente mis manos ardían potentemente, mis brazos me dolían y mis uñas se habían caído hasta un límite en que me dolía usar los dedos. Me miré al espejo y me sonreí tratando de adivinar cómo sería si fuera un hombre. Supe porqué  Mamá y la Abuela tenían las manos rasposas y las uñas muy cortas. Entré a la cocina y estaba resplandeciente. Cuando Mamá se marchó al trabajo me besó la cabeza y me sonrió. Guardé el cassette de Amanda Miguel hasta el próximo día de limpieza. 

miércoles, 25 de junio de 2014

La peste.

Yo soy la peste de la humanidad, soy la puta que aleja a tu hombre y la que corromperá a tus hijos, la que perderá a tu hermano y que abortará a tus sobrinos, arrojándolos a las alcantarillas.
Soy la peste de la humanidad, la que no tiene derecho a un nombre, la que huele a alma barata, la que duerme bajo los puentes del negocio. Soy la que te quita el sueño con mis ojos moribundos iridiscentes.
Yo soy la peste de la humanidad, la que siempre está vagamente maquillada, la de los labios desamparados, la de los pasos fluorescentes. Soy la puta nocturna, la puta matinal: soy la ciudad, la puta ciudad.

Emeterio

I
Emeterio es un ladrón de poca monta, no porque su carrera profesional esté comenzando o porque fuese malo haciendo lo que hacía, sino porque se trata de un ladrón que aborda solitarios, a distraídos que se resisten poco y se enfoca en las carteras muy obvias. Odia su nombre que también es el de su padre. Su trabajo le agrada en lo general, sólo le molestan las caras de susto: los ojos muy abiertos, las bocas mudas, los dedos torpes y los vellos erizados. Nunca le había gustado el miedo.
            Le gustan las diferentes formas en que nombran su profesión “De Roberto” “Manitas” y tantas otras más que, por un momento le permitían dejar de ser Emeterio. La suya, es una profesión peligrosa, muy demandante que ocupa toda su vida: momentos de ocio, paseos con los hijos o con las muchachitas que llegaba a recoger, días de asueto, vacaciones y en domingos de iglesia. A donde quiera que va, lleva consigo el traje de la profesión: siempre esta mirando, vigilando y espiando. Mordiéndose los labios, abandona a quien esté a su lado y, camina hacia la próxima misión ya fuera una joven solitaria o un mocoso presumido: celulares, carteras, anillos, aretes, pulseras que desfilan frente a él y que imposibilitan su pasividad.
            Sin embargo, Emeterio guarda un secreto que, con sólo pensarlo, hace que le suden las manos y sin necesidad de un espejo, adivina en su semblante el rostro del miedo (ojos abiertos, bocas mudas, manos torpes, vellos erizados): que lo asalten, que lo robaran. Normalmente entre los compañeros del gremio se reconocen e identifican sin que él supiera exactamente qué era lo que los delataba unos frente a otros, ¿algo en la mirada? ¿será el caminar? Se preguntaba constantemente. Mas, en los últimos meses había notado un cambio significativo: había nueva competencia. Eran jóvenes, inexpertos, torpes, ávidos, inconscientes. Ya le habían advertido que se trataba de elementos agresivos, rápidos y numerosos que actuaban como una mórbida multitud, sin orden, pero con un propósito que parecía nuevo y salvaje: causar el máximo de daño en la menor cantidad de tiempo posible.

            Algunos de sus compañeros culpan al internet, la nueva herramienta que, si sabes usarla, es clave para saber nuevas tácticas, nuevos golpes y estrategias. Emeterio se pregunta qué es aquello y cómo podían usarlo si, la mayoría del gremio (incluyéndolo a él) no sabe leer ni escribir. Sus camaradas más íntimos y añejos decían que no era necesario y Emeterio se queda lleno de dudas y temores. 

viernes, 6 de junio de 2014

Vistazos de la Vrbe.

En tardes de extraña calma me tomo un momento: detengo mi marcha y como un desamparado, me siento a contemplar desde la distancia lo que me rodea. En una ciudad tan viva como esta siempre existe algo digno de admirar: las putas de Tlalpan, los cerdos en los tacos, los niños descalzos, los hombrecillos que parecen sombras diminutas y cetrinas que piden monedas a cambio de una horrible melodía de armónica.
Justo, en una de esas tardes, caminaba a la orilla de una avenida transitada de cuyo nombre no quiero acordarme, con la cabeza llena de un mar de incesantes interrogantes. Las olas de preguntas eran cada vez más grandes  y sentía que pronto desfallecería por el golpe fuerte de la duda, estaba esperando el choque, entonces, lo descubrí a mi alrededor: silencio.
La bofetada de calma me golpeó tan inesperadamente que tropecé y caí. Ya en el suelo, decidí quedarme a contemplar la quietud desde el asfalto. Las personas pasaban y trataban de no pisarme, qué amables, pensé.
A lo lejos a pareció la figura pequeña y concienzuda que de inmediato llamó mi Atención que respondió con voz de recepcionista entrenada. En un inicio, Atención y yo no supimos distinguir qué era pero mi compañera es más avisada y, pasados unos segundos, me comunicó lo que era. La imagen era tan hermosa, que me causó un mareo nauseabundo.
Pequeña y enjuta caminaba hacia el lugar en que Atención y yo la contemplábamos, una linda Pulgarcita. Apoyaba lentamente un pie delante del otro, como si le constara trabajo recordar qué pierna debía levantar en cada turno para poder terminar la danza de la zancada. Y en sus brazos, diminuta, una criatura repetía su rostro con habilidad rejuvenecedora. Los cabellos de la criatura que  la linda Pulgarcita llevaba en brazos, estaban divididos en dos coletas negras y abundantes, como dos fuentes lúgubres y en sus ojillos reinaba una indiferencia a su entorno casi mágica.
Pulgarcita caminaba pequeña y enjuta, con la criatura en sus brazos con parsimonia. Cuando se acercó lo suficiente, pude ver que de sus diáfanos ojos nacía el agua interminable de los salados océanos. Pulgarcita lloraba igual que como caminaba: lenta y sosegada, pensando de cuál ojo saldría la próxima lágrima. Y en su llanto maternal, el único consuelo parecía ser sostener entre sus brazos a la criatura de las fuentes lúgubres que la miraba con una sonrisa de confortable dulzura e indiferencia. Estaban solas en el mundo.
Atención y yo miramos pasar a Pulgarcita y la criatura, con sus respectivas fuentes de lágrimas y cabellos. No les quitamos los ojos de encima hasta que los ojos de Atención se secaron por no parpadear.

martes, 27 de mayo de 2014

Descubrimientos.

Lo descubrió como un niño que de pronto encuentra la mañana y la tarde y la noche; y los días y las semanas. El tiempo del diálogo había quedado atrás: ya no podía fingir que ella no era "ella". Su cuerpo había cambiado para siempre, abriendo una brecha insalvable y los afectos de camaradería empezaron a transformarse en algo que parecía profundamente vacío pero esencial. Ese cambio silencioso y sorpresivo interrumpió para siempre el coloquio y cambió las miradas: se había convertido en mujer frente a todos y ahora estaba bajo sus miradas escrutadoras que registraban todo. A partir de ese momento, estaba condenada al monólogo infinito, incesante, detallado, secreto. Su voz ya jamás importaría, sólo para ella misma. Sólo ella se percataría de los cambios de tono, de las buenas y malas observaciones y de todas las cavilaciones. Un monólogo increíble, sin duda, pero privado para siempre.

sábado, 24 de mayo de 2014

Pesadilla.

A ti, amigo, que también miras las estrellas.
Y el olor, ese olor que no se iba. La luz de los faroles entrando por la ventana, los faroles observándolo, atentos, contemplando cómo los hilos de esa sábana invisible se iban rompiendo en la medida en que él despertaba. Alcanzó a verlos con los focos volteados hacia él, en el momento justo cuando ellos volvían a iluminar el pavimento de la calle y se preguntó si ya había acabado. 

domingo, 18 de mayo de 2014

Vistazos de la Vrbe.

Viajar a través de una ciudad entera siempre es tedioso y cansado, sobre todo cuando hay que atravesarla de nuevo para volver al hogar, dulce hogar. Aunque la pesadez de la travesía se aminora si la realizamos para ver a un ser querido, sigue tratándose de una empresa que consume mucho del tiempo y energía que hay en un día. Sin duda, cuando se planea con anticipación, la noche anterior al viaje, justo antes de cerrar los ojos, todos pensamos en la manera más fácil y rápida para llegar al destino deseado y, en ocasiones, simplemente tomamos la ruta más cómoda a pesar de que se trate de la más insegura o, incluso de la más tardada.
            Precisamente esa ruta fue la que elegí cierto día en el que, después de semanas enteras de sufrir diversas angustias, tuve que realizar un viaje de ciudad entera. Como muchos de los que viven en esta ciudad, no conozco la comodidad, rapidez y sencillez de viajar en un auto propio, también desconozco las dificultades y peripecias de dicha experiencia, así que, realicé mi viaje en transporte público: un camión destartalado, sucio, viejo y maloliente pero al alcance de mis energías, estado anímico y bolsillo. A pesar de todo, agradezco la existencia de dichos servicios, sin los que, mi viaje sería infinitamente más largo y más letal para mi bolso que sufre de una anemia crónica aguda por querer lucir como las modelos más famosas de las revistas.
Mi ruta, toda la extensión del eje 1 oriente: inicio en la aparentemente serena Heroica Escuela Naval Militar, pasando por la transitada Miramontes, siguiendo por Las Torres altas y frías, pasando por la siempre transitada La Viga, entrando por un momento al ciclo sin fin del Anillo de Circunvalación, transitando lentamente en el origen de las escuelas públicas hoy sede de otras muchas cosas públicas Av. Vidal Alcocer, recorriendo la Av. del trabajo fétido maloliente de des(h)echos, para llegar al final de la permanentemente mutable Ferrocarril Hidalgo. Claro que el recorrido se vive más extensamente que lo apuntado aquí.
            Esa mañana me levanté más temprano de lo acostumbrado, elegí un libro y metí a mi mochila el discreto mp3 para que, con ayuda de ambos, el viaje se hiciera lo más ameno posible. Al abrir la puerta de mi casa al amanecer, recibí la bofetada del viento en mi rostro, cerré la cremallera de mi chamarra, salí, dí la vuelta, cerré la puerta, introduje la llave en la cerradura, giré la llave, escuché el pasador moverse lo que me proporcionó una absurda sensación de seguridad, dí media vuelta y comencé a caminar poniendo un pie delante del otro hasta la parada del transporte público.
            El conductor del camión era un hombre ancho, de bigotes cenizos y voz fruncida que recibió mi cuota mecánicamente. Crucé el camión vacío y me acomodé en un asiento  de plástico roto pero aún seguro junto a la ventana. Cuando mis pensamientos juegan a ser nudos de cabellos o de listones de colores, me consuela mirar por las ventanas: la seguridad de poder ver el mundo desde un lugar apartado me produce una sensación de calidez que entra por mis ojos y que me inunda. La primer hora de mi viaje sucedió de manera tranquila, con pocas paradas en las que nuevos viajeros se sumaban para transformarse en pálidas entrañas del camión. Decidí dejar de leer y mirar la ventana durante mi segunda hora de viaje y sólo entonces me percaté que habíamos llegado a Av. Vidal Alcocer, la marcha disminuyó considerablemente y de la nada surgió un maremoto de mortales que anegó el autobús, llenó las calles, empapó el viento de un olor pútrido y enlodó el ambiente con gritos, ofertas, regateos y susurros provenientes de las diáfanas prostitutas que se recargan en cualquier rincón.
Miré la venta de todo tipo de dulces desde paletas de picante polvo, pasando por los inextinguibles chupirules de colores, los que se refieren a la calvicie que todo hombre teme, los macizos, los que tienen relleno, los suaves, los agridulces, los que pican la boca hasta dejar un zumbido en los oídos, los que provocan sed, los empalagosos y los improbables, hasta los de carnes abundantes o escasas, los de profundos y malcriados escotes, los de mal aliento y uso restringido, los de cuotas diferidas y a conveniencia, los indecentes pero imprescindibles, los ocultos pero obvios, los negados pero ciertos. Toda la gama de dulces con los que se podría deleitar o entretener el paladar de cualquier persona.       
       Poco a poco y en contraflujo nos abrimos paso entre la multitud ciega a las señales viales y los mecánicos bueyes al volante, entramos de lleno en la Av. del trabajo maloliente y los locales de dulces dieron lugar a los montones y montones de des(h)echos. Pequeñas figuras encapuchadas, jorobadas y desgreñadas indagaban el tapete de infinita inmundicia con manos expertas y sucias que separaban lo útil de lo inútil delicada y atentamente, incluso se podría decir que con una paciencia amorosa. La luz del naciente y gris sol empezaba a colorear la podredumbre, por entre los reflejos pálidos del plástico multicolor y los exóticos colores de la excreción de la eterna ciudad, surgió un reflejo frío y metálico proveniente de las ruedas de una bicicleta animada por una pequeña bestia, el viento descubrió su rostro: entre la opacidad surgió una sonrisa enfermiza.
            No recuerdo si en aquel momento el semáforo era rojo, pero recuerdo la sonrisa límpida, el camino sinuoso, recuerdo los fugaces ojos, sus manecillas aferradas al manubrio, sus pies desnudos. Aún puedo ver el empuje de sus piernas, el correr de las ruedas, la posición inclinada de su pequeñez, la forma en que el sol le iluminaba parte del rostro, cómo las ruedas se abrían paso aplastando y arrojando objetos en todas direcciones. Recuerdo figuras obscuras e indefinibles alrededor de él, su pantalón roto por cuya abertura asomaba una cicatriz, su playera corta, la bicicleta de un rojo deslucido y llantas medio desinfladas y su huella en los bultos de basura. No sé en qué momento nos pusimos en marcha pero aún lo recuerdo todo.

domingo, 27 de abril de 2014

El último cigarro.

Bésame fuerte antes de que parta. La luz del apartamento vecino entraba por la ventana, se colaba por entre la cortina y aumentaba el número de sombras. De pie y de espalda a la luz, un hombre se enfrenta a la oscuridad. En penumbra y tendida en la cama una mujer observa con atención cómo la silueta se deshace de una camisa traslúcida y cómo libera las piernas de la tela de mezclilla para acercarse a ella. Estos son los momentos en los que siento más amor por ti, justo antes de que entres en la cama en la que te espero desnuda, el instante en que levantas las mantas para estar junto a mí. Justo ese momento.
            No te atrevas a llorar, por favor. La luz ajena ilumina con nitidez algunos fragmentos de piel de la mujer tendida en la cama, algunos lunares juegan a las escondidillas entre las sábanas y los cabellos sobre la almohada son hilos más negros que la noche. La calma de su respiración, la serenidad de su mirada atenta siguen cada movimiento del hombre que ante ella se despoja de la indumentaria cotidiana para lanzarse con parsimonia al reconfortante vacío. Tus ojos obscuros, profundos, enormes como el tiempo, siguen cada paso que doy, con cada movimiento mío hay un movimiento de tus pupilas que responde. Armamos una perfecta danza en la que mis movimientos guían la gracia de tus miradas y, entonces, te siento más cercana a mí que en cualquier otro instante. El momento en que nuestro vals se detiene porque mis movimientos están fijos en ti y tus ojos tocan mi rostro, entonces sé que estás conmigo y nada más.
            Se consumieron en luminosas bocanadas seguros de que, al final, sólo tendrán un humo fragante en la memoria. Sus brillantes brazas opacaron la luz que entraba por la ventana y convirtieron la cama en el más hermoso de los ceniceros. El sueño que compartieron esa noche, pasándolo de labio en labio, aspirando cada segundo hasta guardarlo en los pulmones e infectarlos de negros relámpagos, fue el último. Cada uno tenía una fragancia distinta en la boca pero ambos conservaban el mismo sabor.
Por la mañana el sol inundaba la habitación sin dejar ni un rincón de media luz, desde el aire puro de la cama, el hombre miraba a su alrededor: estaba solo. No había nada de la mujer junto a él, ni un lunar, pestaña o ceniza. No quería que lloraras, no me dejaste nada, ni una lágrima tuya, sólo las mías que evaporamos juntos. La puerta abierta de la habitación fue el único vestigio que quedó de ella.
Las calles llenas de bullicio, de olor a domingo de plaza rodeaban a la mujer. Llorosa y absorta viajaba en el metro sin percatarse de cuántas vueltas a lo largo de la línea subterránea ya había realizado. Todo fluido que contuviera su cuerpo le salía por los ojos pero sentía la boca seca, llena del veneno del hombre. Nunca más ese momento, nunca más mirarte venir a la cama, ni un beso fuerte. Ya jamás.

El humo fragante de la memoria poco a poco los fue distanciando y de aquel último cigarro compartido sólo cenizas fantásticas, hermosas que iluminan la reminiscencia, quedan. Finalmente, se convertirán en un delicado polvo, que amorosamente llena todas las cosas y que en ambos quedará fijo para la eternidad, “polvo serán, mas, polvo enamorado.”     

miércoles, 16 de abril de 2014

Versátil.

Viajera voluble, quédate un poco más, te lo ruego. De ensueño en fantasía, corres sin detenerte más de lo necesario para turbar los ánimos. En ocasiones produces los más bellos sueños que he visto, con apenas un toque, un roce de tu voz, creas universos infinitos pero confusos. Yo los observo crecer en las secretas pupilas de los hombres que tocas con tu imperceptible piel, todos inician de la misma manera: tu rizado y confuso cabello en donde un denso laberinto los aguarda y, en el que invariablemente, ellos se internan confiados de que al final, te encontrarán en el centro con una sonrisa casi materna y los brazos abiertos, esperan abrazarte y hundir su cara en tus fragantes rizos. Pero puedo ver cómo a medida que toman caminos equivocados, callejones sin salida y regresan al punto de partida, los abandonas, dejas en el centro del laberinto, quimeras que, en realidad, son ellos mismos: el ratón busca al ratón, el hombre, después de precipitarse en tu laberinto, termina buscándose a sí mismo.     
El sueño se transforma en la casa de los espejos.
Te observo a lo lejos, calculo tus movimientos y trato de imitarlos y, sin embargo, soy consciente de que, en mí, resultan torpes y poco naturales. Anoto con detenida atención todo lo que usas y haces, desde el color de tus aretes, pasando por el perfecto ajuste de tu vestido, tu extraña pero fascinante postura, las palabras de tu vocabulario, la forma en que tus labios se detienen en cada pausa, la danza de tu pecho al compás de la respiración. Pero sobre todo, miro tu cabello: me obsesionan su extraña silueta, su brillo casi místico, su soltura natural. Te estudio como si fueras una pintura y deseo con todas mis fuerzas que, por efecto de tu conjuro, esta vez, seas tú la que se convierta en hermosa estatua, dispuesta a permitir al mundo que la contemple, en vez de transformar al mundo entero en algo de quietud insoportable comparado con tu gracia rápida y fácil.
Trato de capturarte en un frasco transparente, bella libélula, para poder vigilarte y, así, lograr con el tiempo, ser como tú. Quiero ser tu copia fiel, tu fotografía, tu otro yo. Pero a mí también me pones una trampa: al siguiente día regresas cambiada en algo totalmente distinto y tengo que iniciar el estudio desde cero, de nuevo. Una y otra vez, no sé cuántas veces has jugado a ser una, para que yo trate de copiarla y, finalmente cambiarla para que jamás la alcance. Y yo siempre juego, sin importar cuántas veces fracase.
Cada día, eres nueva y distinta, cada día eres tú y eres otras, cada día viajas de mujer a mujer, de hombre a hombre, sin remordimientos ni ataduras. Y yo,  atrapada en la casa de espejos que me construiste y que yo acepté habitar, siempre me topo conmigo misa, en las pupilas que me miran no hay más que otros reflejos, mis viajes siempre me dejan marcas e, invariablemente, el destino siempre soy yo.   

Viajera, quédate un poco más: déjame contemplarte fascinada, que yo no soy más que una sola mujer.   

martes, 15 de abril de 2014

Estupor.


De pronto parecía que las posibilidades se cerraban ante mí dando un fuerte golpazo y no sabía a dónde ir, no estaba realmente seguro de que, de abrir la boca, fuera capaz de emitir algún sonido inteligible. Sentía el mar entero en mi garganta y por más aire que aspiraba no lograba salvarme del ahogo. Caminaba como un Lázaro moderno, recién rescatado de la muerte: —aunque, cómo saber si Lázaro lo pasaba mal en la muerte, quizá ya estaba más que descansado y cómodo y la resurrección sólo lo importunó— parpadeante ante la luz intensa, envuelto en una manta incómoda: estupefacto. Ahora, al recordar esto, evoco aquella vez en que fui asaltado por dos muchachos: los primeros segundos no supe qué pasaba, el suelo que parecía sumamente cercano a mis ojos bruscamente era interrumpido por el paisaje y una sensación de intenso calor me embargó desde la mejilla hasta alcanzarlo todo: me habían golpeado y había caído al suelo, desafortunadamente para mí, no fue sino el primero de muchos golpes de una tarde de verano; esta era la misma sensación. En ese momento no percibía bien lo que tenía frente a mí, si en ese instante una mujer se hubiera levantado la blusa y dejara al descubierto sus senos redondos mi reacción sería la de un ciego o la de un maricón: completa indiferencia.
            Muchas cosas pasaban en mi cuando tu brazo detuvo el mar, el aire, la chica con los senos de fuera, el golpe y; finalmente, todo mi cuerpo, sé que dijiste algo porque vi cómo se movían tus labios pero no escuche nada. Tardé todavía unos minutos más en reconocerte, sentí tu abrazo como quien siente una eyaculación inesperada: sin sentido y ajena. Para cuando nos sentábamos en el pequeño, oscuro y sucio café apenas empezaba a recordarte: te vi frente a mí, estrechándome la mano fuertemente, el traje del presente reemplazado por la playera demasiado grande para tu cuerpo excesivamente delgado del pasado, el gel de cabello por una maraña salvaje de pelambre, la barba cuidadosamente rasurada por una en completo desorden, los pantalones a la medida por unos vaqueros rotos, y tus zapatos negros por extraños mocasines. Te vi mencionando tu nombre en el recuerdo y finalmente en el presente pude decir: “¡Cuánto tiempo, Alfredo!”.
            Pensé que la providencia —cosa extraña pues soy un viejo ateo— te había puesto en esa calle del centro para que funcionaras de consejero, de confesor provisional y me preparé para soltarte todas mis angustias. Mas, hacía tanto tiempo que no nos veíamos, ni siquiera recuerdo el porqué nos habíamos dejado de ver después de ser inseparables en la universidad, que no sabía cómo empezar. En cuanto nos trajeron el café eternamente negro me lo contaste todo, al parecer el tiempo alejado para ti no significaba más que un fin de semana.
            Aún seguía debatiéndome cómo empezar cuando tú ya estabas a mitad del relato. Tu mujer, tus hijos, tu trabajo que al principio pareció ser tan prometedor, tu amante —en la universidad decías no creer en el matrimonio, en tener hijos, en las amantes; por lo que me sorprendió no sólo saber que eras casado y con tres hijos, sino que hasta estabas equipado con amante y, lo que es peor, con una segunda amante que te aliviaba de los achaques de la primera— y tu extinta carrera de pintor. Tu frustración era grande, siempre tratando de hacerte tiempo para pintar pero no podías evitar acostarte con la modelo en turno —además de las dos amantes y la mujer que ya tenías— y tus bosquejos siempre terminaban en esquemas de sábanas blancas o azules o verdes o negras. Tu mujer no entendía tu necesidad de tener más de una mujer y acababa de pedirte el divorcio, por lo que tu primer amante estaba feliz creyendo que irías a vivir con ella y al explicarle que querías estar solo un tiempo ella se molesto, sin saber, sin sospechar si quiera que querías escaparte con la segunda amante por unos días.
            Y el gran dilema del hombre con hijos, no tenías intención de ser como tu padre por lo que pensabas que debías pasar más tiempo con ellos pero qué hacer con el trabajo, la primera amante, la segunda, la pintura, las modelos y ahora el divorcio. “La familia siempre ha sido un estorbo” habías dicho en la universidad porque tu padre no te dejo ir a un viaje a la playa con los compañeros. El trabajo era lo único en lo que te iba bien porque era un trabajo para idiotas.
            No sé cómo pero pronto anocheció en esta gran ciudad, ahora el sol que nos alumbraba era de neón. De pronto dijiste que tenías que irte, pagaste la cuenta de ambos y salimos al aire nocturno. Mientras esperabas al valet parking me invitaste a repetir el suceso en alguna ocasión.
    Tanto tiempo, hombre. Y, bueno, como si nada ¿eh? Espero que hasta que nos veamos otra vez las cosas me salgan mejor.
Y te reíste con ese estrépito que siempre te ha caracterizado. Noté por primera vez que estabas notablemente gordo ¿cómo no me pude dar cuenta antes? Tal vez porque la mesa tapaba esa parte de ti. A pesar de la oscuridad pude distinguir algunas canas en tus sienes y las entradas pronunciada de tu frente. Estiraste tu mano y me estrechaste, sentí toda tu inmensa alegría de encontrarte conmigo de forma tan inesperada al ser restregado contra tu gran barriga. Te subiste rápidamente en tu auto y te despediste en una seña.

            Mire cómo desaparecías en una vuelta imposible. Seguía interrogándome cómo iniciar y cuando vi que ya no estabas volví a mi estado anterior a tu interrupción y todo volvió: mi cuerpo, el golpe, la chica en topless, el aire, el mar en mi garganta. Me encogí de hombros al pensar en ti, en tu verborrea casi satánica — ¿ya dije que soy ateo?— en tu estómago prominente, en nuestra amistad, en cuando no podíamos ir a alguna reunión sin el otro, en cuando tu viejo te corrió de su casa y yo te di asilo, en que conociste a tu futura divorciada porque primero fue mi novia, en que aún así yo fui tu padrino en la boda; sí me encogí de hombros. Al fin, ni éramos tan cercanos. Me fui como un Lázaro moderno entre luces de neón, con mi mar en la garganta y otra más de mis posibilidades cerrada. Estupefacto.   

martes, 8 de abril de 2014

Memorias de una familia.


Nunca se habían cuestionado de dónde les venía esa vena tan diferente a las otras, esa que les caminaba alrededor del cuerpo y que los unía unos a otros. Para ellos era tan natural, tan propio: jamás pensaron que detrás de la puerta eso no era más que una imaginación que ellos mismos fabricaron, que nació de ellos y que creció en las entrañas mentales de cada uno por obra de los otros. Dicen que la desgracia tiene nombre de mujer y esta no era la excepción, en los albores de una adolescencia infortunada, Fátima, fue la primera en preguntar, no sin cierta inocencia, ¿Quién fue el primero en tener el lunar rojo? en plena cena de cumpleaños de la abuela Rita.
            La pregunta rondó por todos los rostros, juguetona, en cada semblante encendía un par de chispas en los ojos y, ridícula, juntó las cejas de cada uno de los presentes: jamás se lo habían preguntado. Fátima miró a su alrededor en busca de respuesta. Recordaba toda su vida igual: encerrada tras las puertas marrones, sin la posibilidad de ver por las ventanas, con ruidos, voces, roces que no correspondían a ningún animal, hombre o mujer dentro de la casa. Recordaba las noches amenazantes, los rezos, las hierbas, los extraños objetos y los animales. También recordaba con especial nitidez el día en que, por fin, dejaron que fuera a casa de Isabel a comer, aún podía ver a aquel hombre anciano sentado en un sofá individual y aún se confundía al ver cómo el padre de Isabel se sentaba sobre el anciano y podía escucharse a sí misma gritar “Levántate, lo aplastas” y, sobre todo, podía ver frente a sus ojos los rostros de Isabel y sus padres extrañados, asustados. Al día siguiente Isabel le comento.
—No podemos jugar juntas ya. Mis papás dicen que tienes que ver un psicólogo y que si me junto contigo, me vas a contagiar. No me quiero contagiar.
Quizás eso eran el lunar rojo  y la vena obscura: una enfermedad. Fátima no dijo nada a nadie pero a partir de ese momento buscó la cura, sin lugar a dudas era una enfermedad familiar, así que después de años de pensarlo, años de que más y más padres de amigos prohibieran a sus hijos jugar con ella por temor al contagio, se sentó en su lugar de la mesa en el gran comedor, comió la cena de cumpleaños de la abuela Rita, cantó las mañanitas y, finalmente, preguntó
—¿Quién fue el primero en tener el lunar rojo?

Sólo la tía Águeda la miro, los demás, fruncieron el ceño.     

viernes, 4 de abril de 2014

El peligro de lo impoluto.

La página en blanco retándome: no te atreves, no lo harás. Su limpieza burlona me saca de mis casillas pero lo que más me exaspera es mi duda, con cada instante mordaz frente a ella crecen, se multiplican ¿podré hacerlo? ¿me atreveré? ¿qué es lo que pretendo al ponerme en esta situación? ¿porqué insisto tanto? Pasan los segundos, los minutos eternos e iguales todos ellos, todos tormentosos, angustiantes. Y las dudas siguen fluyendo como ríos, no, como ríos no, como mares, más bien como corrientes de aire que no puedo contener por lo intangibles, por lo fuertes, lo rápidas, lo absurdas de su naturaleza.
            El blanco se impregna a mis pupilas, blanco es todo: la habitación, la puerta, la silla, mi ropa, por mis manos empiezan a correr manchas pequeñas, manchas blancas empiezan a llenarme. De un golpe me levanto y la hoja cae en el perfecto blanco que me rodea, que poco a poco se apodera de mi, camino confundido. Me confundo, me pierdo en la inmensidad del blanco, en la eternidad del la hoja que me retó y que no pude, no pude combatir. Con torpes movimientos trato de sacarme de encima tanto blanco que perfora mis ojos, sacudo las piernas pero ¿qué sucede? Justo ahí donde mi mano me tocó nace un nuevo brote, una nueva colonia blanca que se extiende y, lo mismo sucede cuando toco algo más.   

            ¡Dios mio! No quiero morir de intoxicación de blanco, de asfixia por el blanco en mis pulmones, quiero que alguien me ayude. Ya no logro ver mis piernas entre tanta pulcritud, sin remedio me desmorono y de mi último rincón cae amarillo el lápiz y una mancha de grafito se convierte en una boya a la que me aferro rápidamente. La mancha de grafito me ha salvado, por ahora.