Seguramente a todos alguna vez, de pequeños, nuestros padres o algunos amigos desquiciados nos advirtieron de la existencia de los monstruos. Ya fuera para hacernos dormir o para intimidarnos y, porqué no, para ridiculizarnos. Todos temimos al monstruo debajo de la cama o, a la obscuridad, al viejo del costal, o a las pesadillas. Sin embargo, hay un dato que jamás nos aclararon, que nadie se molesta en advertirte y que descubres con la edad, sin que por ello el temor se esfume. El detalle es tan poderoso que, en algunos casos, produce una angustia terrible, un nerviosismo congelante, un terror siempre presente que nos acompaña en el desayuno, el transporte, en el lugar más privado y casi sagrado: el baño y; que no se desvanece con la luz del día.
El detalle es que los monstruos no existen pero sí existimos nosotros.
En cuanto lo descubrimos, el niño en nuestro interior se extingue un poco en el miedo del adulto en que algún día, queramos o no, estemos listos o no, nos convertiremos. Ahora la fobia no es a la noche o a la puesta el sol, es al espejo. Nos miramos con la angustia en las ojeras, con el desazón entre el cabello, los monstruos somos nosotros. Terrible verdad, incomoda, impactante pero verdadera.
Trabajamos tanto en cubrir nuestra naturaleza monstruosa, nos lleva años de perfeccionamiento, noches enteras sin dormir, almuerzos en soledad taciturna, tratando de esconder toda nuestra monstruosidad en una botarga. Contenemos el aliento, saltamos por todas partes, nos acostamos metiendo la barriga para que, finalmente, la cremallera de la botarga cierre completamente. Y nos lanzamos felices de tener todo bajo control, de tener una sonrisa con la que no causemos la huida repentina de quienes nos rodean.
Vamos por la vida felices, nadie nos advierte que, es necesario dejar tendida la botarga en un armario, y, de vez en cuando sacarla al sol y nos aferramos a ella día y noche, noche y día. Y creemos que eso está bien. Pero los cierres se gastan, las costuras dan de sí y, poco a poco, la botarga nos queda chica. Todo está bien mientras uno actúe de acuerdo a lo previsto: sin exabruptos. Pero es imposible vivir sin ellos, en especial cuando se es un monstruo.
De pronto, alguien, en broma cruel, abre la cremallera, jala de nuestra botarga hasta que las costuras salen volando como pequeños proyectiles y nuestra naturaleza mosntruosa sale por unos segundos a la luz. Tratamos inutilemente de asirnos a cualquier jirón de tela que pueda cubrirnos pero no hay ninguno que nos cubra lo suficiente. Después de la estupefacción, alzamos la cabeza hacia quien nos despojó de nuestra botarga con una mirada llena de porqué y, entonces, caemos en la cuenta: ante el intento de cubrirnos, desgarramos la botarga de nuestro compañero: está igual de desnudo que nosotros.
Entonces, hay dos opciones. 1) Mirarse detallada y mutuamente, reconocerse, maravillarse y/o asustarse y después hacer las paces y, siguiéndose el Código Implícito de Monstruos, jamás revelar lo que se ha visto. 2) Retirarse molesto, sintiéndose traicionado, vejado, humillado; no sin antes dedicar algunos insultos dignos para la ocasión, asegurándose que sean hirientes y lo más traumáticos posible.
Al final, en la vida de un monstruo, es regla general (y por algunos considerado de gran prestigio) que, al menos una vez, alguien le diga en tono indignado, herido o de revelación "Eres un Hijo de Puta". Y es que, entre los monstruos, ser hijo de puta es el más alto rango distintivo, el más alto honor.
Después de esto, sólo queda recoger la botarga, repararla lo mejor posible (aunque, generalmente, nunca vuelven a quedar igual) y volver a colocársela.