Se habían ausentado por sólo un instante: fueron a la habitación por un abrigo y un beso. Llevaban el sonido de la charla y la música pegado a sus oídos. Sólo fue un instante. Cuando volvieron a la sala de estar, ésta ya estaba vacía: las guitarras estaban quietas, había cojines por doquier pero lo más abundante eran los vasos marchitos.
Se miraron: eran los últimos de la fiesta.
Al fin, empezaron a recoger los restos de algo que, para ellos, ni siquiera había empezado. Ella lo miraba atónita, con sus grandes ojos colmados de dudas "Ni siquiera se despidieron". Había planeado aquello con tanto cuidado y antelación, con tanta esperanza y expectativas y, ahora, sin que se hubiera percatado de nada, todo había terminado. Comenzó a llorar con vasos sucios en las manos.
Él se acercó lentamente y la tomo de los brazos, con impercitible paciencia la condujo a un sofá. Hacía tiempo que él había aprendido a desprenderse, a no esperar y a dejarse sorprender sin caer en las trampas de la expectativa y la frustración de las esperanzas frustradas. Pero ella...ella se apegaba demasiado pronto a todo, era una de las cosas por las que la amaba y, aún así, en momentos como este, deseaba que fuera distinta.
Esa noche la vio envejecer en llanto y, poco a poco, como quien mira una vela derretirse, la vio morir en el sillón, aferrada a los vasos. Lo único que quedo de ella fue su aroma en aquellos vasos marchitos que él guardo en la vitrina de vidrio.
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