De pronto parecía que las posibilidades
se cerraban ante mí dando un fuerte golpazo y no sabía a dónde ir, no estaba
realmente seguro de que, de abrir la boca, fuera capaz de emitir algún sonido
inteligible. Sentía el mar entero en mi garganta y por más aire que aspiraba no
lograba salvarme del ahogo. Caminaba como un Lázaro moderno, recién rescatado
de la muerte: —aunque, cómo saber si Lázaro lo pasaba mal en la muerte, quizá
ya estaba más que descansado y cómodo y la resurrección sólo lo importunó—
parpadeante ante la luz intensa, envuelto en una manta incómoda: estupefacto.
Ahora, al recordar esto, evoco aquella vez en que fui asaltado por dos
muchachos: los primeros segundos no supe qué pasaba, el suelo que parecía
sumamente cercano a mis ojos bruscamente era interrumpido por el paisaje y una
sensación de intenso calor me embargó desde la mejilla hasta alcanzarlo todo:
me habían golpeado y había caído al suelo, desafortunadamente para mí, no fue
sino el primero de muchos golpes de una tarde de verano; esta era la misma
sensación. En ese momento no percibía bien lo que tenía frente a mí, si en ese
instante una mujer se hubiera levantado la blusa y dejara al descubierto sus
senos redondos mi reacción sería la de un ciego o la de un maricón: completa
indiferencia.
Muchas
cosas pasaban en mi cuando tu brazo detuvo el mar, el aire, la chica con los
senos de fuera, el golpe y; finalmente, todo mi cuerpo, sé que dijiste algo
porque vi cómo se movían tus labios pero no escuche nada. Tardé todavía unos minutos
más en reconocerte, sentí tu abrazo como quien siente una eyaculación
inesperada: sin sentido y ajena. Para cuando nos sentábamos en el pequeño,
oscuro y sucio café apenas empezaba a recordarte: te vi frente a mí,
estrechándome la mano fuertemente, el traje del presente reemplazado por la
playera demasiado grande para tu cuerpo excesivamente delgado del pasado, el
gel de cabello por una maraña salvaje de pelambre, la barba cuidadosamente
rasurada por una en completo desorden, los pantalones a la medida por unos
vaqueros rotos, y tus zapatos negros por extraños mocasines. Te vi mencionando
tu nombre en el recuerdo y finalmente en el presente pude decir: “¡Cuánto
tiempo, Alfredo!”.
Pensé
que la providencia —cosa extraña pues soy un viejo ateo— te había puesto en esa
calle del centro para que funcionaras de consejero, de confesor provisional y
me preparé para soltarte todas mis angustias. Mas, hacía tanto tiempo que no
nos veíamos, ni siquiera recuerdo el porqué nos habíamos dejado de ver después
de ser inseparables en la universidad, que no sabía cómo empezar. En cuanto nos
trajeron el café eternamente negro me lo contaste todo, al parecer el tiempo
alejado para ti no significaba más que un fin de semana.
Aún
seguía debatiéndome cómo empezar cuando tú ya estabas a mitad del relato. Tu
mujer, tus hijos, tu trabajo que al principio pareció ser tan prometedor, tu
amante —en la universidad decías no creer en el matrimonio, en tener hijos, en
las amantes; por lo que me sorprendió no sólo saber que eras casado y con tres
hijos, sino que hasta estabas equipado con amante y, lo que es peor, con una
segunda amante que te aliviaba de los achaques de la primera— y tu extinta
carrera de pintor. Tu frustración era grande, siempre tratando de hacerte
tiempo para pintar pero no podías evitar acostarte con la modelo en turno —además
de las dos amantes y la mujer que ya tenías— y tus bosquejos siempre terminaban
en esquemas de sábanas blancas o azules o verdes o negras. Tu mujer no entendía
tu necesidad de tener más de una mujer y acababa de pedirte el divorcio, por lo
que tu primer amante estaba feliz creyendo que irías a vivir con ella y al
explicarle que querías estar solo un tiempo ella se molesto, sin saber, sin
sospechar si quiera que querías escaparte con la segunda amante por unos días.
Y
el gran dilema del hombre con hijos, no tenías intención de ser como tu padre
por lo que pensabas que debías pasar más tiempo con ellos pero qué hacer con el
trabajo, la primera amante, la segunda, la pintura, las modelos y ahora el
divorcio. “La familia siempre ha sido un estorbo” habías dicho en la
universidad porque tu padre no te dejo ir a un viaje a la playa con los
compañeros. El trabajo era lo único en lo que te iba bien porque era un trabajo
para idiotas.
No
sé cómo pero pronto anocheció en esta gran ciudad, ahora el sol que nos
alumbraba era de neón. De pronto dijiste que tenías que irte, pagaste la cuenta
de ambos y salimos al aire nocturno. Mientras esperabas al valet parking me
invitaste a repetir el suceso en alguna ocasión.
—
Tanto tiempo, hombre. Y, bueno, como si
nada ¿eh? Espero que hasta que nos veamos otra vez las cosas me salgan mejor.
Y te reíste con ese estrépito que
siempre te ha caracterizado. Noté por primera vez que estabas notablemente
gordo ¿cómo no me pude dar cuenta antes? Tal vez porque la mesa tapaba esa
parte de ti. A pesar de la oscuridad pude distinguir algunas canas en tus
sienes y las entradas pronunciada de tu frente. Estiraste tu mano y me
estrechaste, sentí toda tu inmensa alegría de encontrarte conmigo de forma tan
inesperada al ser restregado contra tu gran barriga. Te subiste rápidamente en
tu auto y te despediste en una seña.
Mire
cómo desaparecías en una vuelta imposible. Seguía interrogándome cómo iniciar y
cuando vi que ya no estabas volví a mi estado anterior a tu interrupción y todo
volvió: mi cuerpo, el golpe, la chica en topless, el aire, el mar en mi
garganta. Me encogí de hombros al pensar en ti, en tu verborrea casi satánica —
¿ya dije que soy ateo?— en tu estómago prominente, en nuestra amistad, en
cuando no podíamos ir a alguna reunión sin el otro, en cuando tu viejo te
corrió de su casa y yo te di asilo, en que conociste a tu futura divorciada
porque primero fue mi novia, en que aún así yo fui tu padrino en la boda; sí me
encogí de hombros. Al fin, ni éramos tan cercanos. Me fui como un Lázaro
moderno entre luces de neón, con mi mar en la garganta y otra más de mis
posibilidades cerrada. Estupefacto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario