martes, 15 de abril de 2014

Estupor.


De pronto parecía que las posibilidades se cerraban ante mí dando un fuerte golpazo y no sabía a dónde ir, no estaba realmente seguro de que, de abrir la boca, fuera capaz de emitir algún sonido inteligible. Sentía el mar entero en mi garganta y por más aire que aspiraba no lograba salvarme del ahogo. Caminaba como un Lázaro moderno, recién rescatado de la muerte: —aunque, cómo saber si Lázaro lo pasaba mal en la muerte, quizá ya estaba más que descansado y cómodo y la resurrección sólo lo importunó— parpadeante ante la luz intensa, envuelto en una manta incómoda: estupefacto. Ahora, al recordar esto, evoco aquella vez en que fui asaltado por dos muchachos: los primeros segundos no supe qué pasaba, el suelo que parecía sumamente cercano a mis ojos bruscamente era interrumpido por el paisaje y una sensación de intenso calor me embargó desde la mejilla hasta alcanzarlo todo: me habían golpeado y había caído al suelo, desafortunadamente para mí, no fue sino el primero de muchos golpes de una tarde de verano; esta era la misma sensación. En ese momento no percibía bien lo que tenía frente a mí, si en ese instante una mujer se hubiera levantado la blusa y dejara al descubierto sus senos redondos mi reacción sería la de un ciego o la de un maricón: completa indiferencia.
            Muchas cosas pasaban en mi cuando tu brazo detuvo el mar, el aire, la chica con los senos de fuera, el golpe y; finalmente, todo mi cuerpo, sé que dijiste algo porque vi cómo se movían tus labios pero no escuche nada. Tardé todavía unos minutos más en reconocerte, sentí tu abrazo como quien siente una eyaculación inesperada: sin sentido y ajena. Para cuando nos sentábamos en el pequeño, oscuro y sucio café apenas empezaba a recordarte: te vi frente a mí, estrechándome la mano fuertemente, el traje del presente reemplazado por la playera demasiado grande para tu cuerpo excesivamente delgado del pasado, el gel de cabello por una maraña salvaje de pelambre, la barba cuidadosamente rasurada por una en completo desorden, los pantalones a la medida por unos vaqueros rotos, y tus zapatos negros por extraños mocasines. Te vi mencionando tu nombre en el recuerdo y finalmente en el presente pude decir: “¡Cuánto tiempo, Alfredo!”.
            Pensé que la providencia —cosa extraña pues soy un viejo ateo— te había puesto en esa calle del centro para que funcionaras de consejero, de confesor provisional y me preparé para soltarte todas mis angustias. Mas, hacía tanto tiempo que no nos veíamos, ni siquiera recuerdo el porqué nos habíamos dejado de ver después de ser inseparables en la universidad, que no sabía cómo empezar. En cuanto nos trajeron el café eternamente negro me lo contaste todo, al parecer el tiempo alejado para ti no significaba más que un fin de semana.
            Aún seguía debatiéndome cómo empezar cuando tú ya estabas a mitad del relato. Tu mujer, tus hijos, tu trabajo que al principio pareció ser tan prometedor, tu amante —en la universidad decías no creer en el matrimonio, en tener hijos, en las amantes; por lo que me sorprendió no sólo saber que eras casado y con tres hijos, sino que hasta estabas equipado con amante y, lo que es peor, con una segunda amante que te aliviaba de los achaques de la primera— y tu extinta carrera de pintor. Tu frustración era grande, siempre tratando de hacerte tiempo para pintar pero no podías evitar acostarte con la modelo en turno —además de las dos amantes y la mujer que ya tenías— y tus bosquejos siempre terminaban en esquemas de sábanas blancas o azules o verdes o negras. Tu mujer no entendía tu necesidad de tener más de una mujer y acababa de pedirte el divorcio, por lo que tu primer amante estaba feliz creyendo que irías a vivir con ella y al explicarle que querías estar solo un tiempo ella se molesto, sin saber, sin sospechar si quiera que querías escaparte con la segunda amante por unos días.
            Y el gran dilema del hombre con hijos, no tenías intención de ser como tu padre por lo que pensabas que debías pasar más tiempo con ellos pero qué hacer con el trabajo, la primera amante, la segunda, la pintura, las modelos y ahora el divorcio. “La familia siempre ha sido un estorbo” habías dicho en la universidad porque tu padre no te dejo ir a un viaje a la playa con los compañeros. El trabajo era lo único en lo que te iba bien porque era un trabajo para idiotas.
            No sé cómo pero pronto anocheció en esta gran ciudad, ahora el sol que nos alumbraba era de neón. De pronto dijiste que tenías que irte, pagaste la cuenta de ambos y salimos al aire nocturno. Mientras esperabas al valet parking me invitaste a repetir el suceso en alguna ocasión.
    Tanto tiempo, hombre. Y, bueno, como si nada ¿eh? Espero que hasta que nos veamos otra vez las cosas me salgan mejor.
Y te reíste con ese estrépito que siempre te ha caracterizado. Noté por primera vez que estabas notablemente gordo ¿cómo no me pude dar cuenta antes? Tal vez porque la mesa tapaba esa parte de ti. A pesar de la oscuridad pude distinguir algunas canas en tus sienes y las entradas pronunciada de tu frente. Estiraste tu mano y me estrechaste, sentí toda tu inmensa alegría de encontrarte conmigo de forma tan inesperada al ser restregado contra tu gran barriga. Te subiste rápidamente en tu auto y te despediste en una seña.

            Mire cómo desaparecías en una vuelta imposible. Seguía interrogándome cómo iniciar y cuando vi que ya no estabas volví a mi estado anterior a tu interrupción y todo volvió: mi cuerpo, el golpe, la chica en topless, el aire, el mar en mi garganta. Me encogí de hombros al pensar en ti, en tu verborrea casi satánica — ¿ya dije que soy ateo?— en tu estómago prominente, en nuestra amistad, en cuando no podíamos ir a alguna reunión sin el otro, en cuando tu viejo te corrió de su casa y yo te di asilo, en que conociste a tu futura divorciada porque primero fue mi novia, en que aún así yo fui tu padrino en la boda; sí me encogí de hombros. Al fin, ni éramos tan cercanos. Me fui como un Lázaro moderno entre luces de neón, con mi mar en la garganta y otra más de mis posibilidades cerrada. Estupefacto.   

No hay comentarios:

Publicar un comentario