domingo, 27 de abril de 2014

El último cigarro.

Bésame fuerte antes de que parta. La luz del apartamento vecino entraba por la ventana, se colaba por entre la cortina y aumentaba el número de sombras. De pie y de espalda a la luz, un hombre se enfrenta a la oscuridad. En penumbra y tendida en la cama una mujer observa con atención cómo la silueta se deshace de una camisa traslúcida y cómo libera las piernas de la tela de mezclilla para acercarse a ella. Estos son los momentos en los que siento más amor por ti, justo antes de que entres en la cama en la que te espero desnuda, el instante en que levantas las mantas para estar junto a mí. Justo ese momento.
            No te atrevas a llorar, por favor. La luz ajena ilumina con nitidez algunos fragmentos de piel de la mujer tendida en la cama, algunos lunares juegan a las escondidillas entre las sábanas y los cabellos sobre la almohada son hilos más negros que la noche. La calma de su respiración, la serenidad de su mirada atenta siguen cada movimiento del hombre que ante ella se despoja de la indumentaria cotidiana para lanzarse con parsimonia al reconfortante vacío. Tus ojos obscuros, profundos, enormes como el tiempo, siguen cada paso que doy, con cada movimiento mío hay un movimiento de tus pupilas que responde. Armamos una perfecta danza en la que mis movimientos guían la gracia de tus miradas y, entonces, te siento más cercana a mí que en cualquier otro instante. El momento en que nuestro vals se detiene porque mis movimientos están fijos en ti y tus ojos tocan mi rostro, entonces sé que estás conmigo y nada más.
            Se consumieron en luminosas bocanadas seguros de que, al final, sólo tendrán un humo fragante en la memoria. Sus brillantes brazas opacaron la luz que entraba por la ventana y convirtieron la cama en el más hermoso de los ceniceros. El sueño que compartieron esa noche, pasándolo de labio en labio, aspirando cada segundo hasta guardarlo en los pulmones e infectarlos de negros relámpagos, fue el último. Cada uno tenía una fragancia distinta en la boca pero ambos conservaban el mismo sabor.
Por la mañana el sol inundaba la habitación sin dejar ni un rincón de media luz, desde el aire puro de la cama, el hombre miraba a su alrededor: estaba solo. No había nada de la mujer junto a él, ni un lunar, pestaña o ceniza. No quería que lloraras, no me dejaste nada, ni una lágrima tuya, sólo las mías que evaporamos juntos. La puerta abierta de la habitación fue el único vestigio que quedó de ella.
Las calles llenas de bullicio, de olor a domingo de plaza rodeaban a la mujer. Llorosa y absorta viajaba en el metro sin percatarse de cuántas vueltas a lo largo de la línea subterránea ya había realizado. Todo fluido que contuviera su cuerpo le salía por los ojos pero sentía la boca seca, llena del veneno del hombre. Nunca más ese momento, nunca más mirarte venir a la cama, ni un beso fuerte. Ya jamás.

El humo fragante de la memoria poco a poco los fue distanciando y de aquel último cigarro compartido sólo cenizas fantásticas, hermosas que iluminan la reminiscencia, quedan. Finalmente, se convertirán en un delicado polvo, que amorosamente llena todas las cosas y que en ambos quedará fijo para la eternidad, “polvo serán, mas, polvo enamorado.”     

miércoles, 16 de abril de 2014

Versátil.

Viajera voluble, quédate un poco más, te lo ruego. De ensueño en fantasía, corres sin detenerte más de lo necesario para turbar los ánimos. En ocasiones produces los más bellos sueños que he visto, con apenas un toque, un roce de tu voz, creas universos infinitos pero confusos. Yo los observo crecer en las secretas pupilas de los hombres que tocas con tu imperceptible piel, todos inician de la misma manera: tu rizado y confuso cabello en donde un denso laberinto los aguarda y, en el que invariablemente, ellos se internan confiados de que al final, te encontrarán en el centro con una sonrisa casi materna y los brazos abiertos, esperan abrazarte y hundir su cara en tus fragantes rizos. Pero puedo ver cómo a medida que toman caminos equivocados, callejones sin salida y regresan al punto de partida, los abandonas, dejas en el centro del laberinto, quimeras que, en realidad, son ellos mismos: el ratón busca al ratón, el hombre, después de precipitarse en tu laberinto, termina buscándose a sí mismo.     
El sueño se transforma en la casa de los espejos.
Te observo a lo lejos, calculo tus movimientos y trato de imitarlos y, sin embargo, soy consciente de que, en mí, resultan torpes y poco naturales. Anoto con detenida atención todo lo que usas y haces, desde el color de tus aretes, pasando por el perfecto ajuste de tu vestido, tu extraña pero fascinante postura, las palabras de tu vocabulario, la forma en que tus labios se detienen en cada pausa, la danza de tu pecho al compás de la respiración. Pero sobre todo, miro tu cabello: me obsesionan su extraña silueta, su brillo casi místico, su soltura natural. Te estudio como si fueras una pintura y deseo con todas mis fuerzas que, por efecto de tu conjuro, esta vez, seas tú la que se convierta en hermosa estatua, dispuesta a permitir al mundo que la contemple, en vez de transformar al mundo entero en algo de quietud insoportable comparado con tu gracia rápida y fácil.
Trato de capturarte en un frasco transparente, bella libélula, para poder vigilarte y, así, lograr con el tiempo, ser como tú. Quiero ser tu copia fiel, tu fotografía, tu otro yo. Pero a mí también me pones una trampa: al siguiente día regresas cambiada en algo totalmente distinto y tengo que iniciar el estudio desde cero, de nuevo. Una y otra vez, no sé cuántas veces has jugado a ser una, para que yo trate de copiarla y, finalmente cambiarla para que jamás la alcance. Y yo siempre juego, sin importar cuántas veces fracase.
Cada día, eres nueva y distinta, cada día eres tú y eres otras, cada día viajas de mujer a mujer, de hombre a hombre, sin remordimientos ni ataduras. Y yo,  atrapada en la casa de espejos que me construiste y que yo acepté habitar, siempre me topo conmigo misa, en las pupilas que me miran no hay más que otros reflejos, mis viajes siempre me dejan marcas e, invariablemente, el destino siempre soy yo.   

Viajera, quédate un poco más: déjame contemplarte fascinada, que yo no soy más que una sola mujer.   

martes, 15 de abril de 2014

Estupor.


De pronto parecía que las posibilidades se cerraban ante mí dando un fuerte golpazo y no sabía a dónde ir, no estaba realmente seguro de que, de abrir la boca, fuera capaz de emitir algún sonido inteligible. Sentía el mar entero en mi garganta y por más aire que aspiraba no lograba salvarme del ahogo. Caminaba como un Lázaro moderno, recién rescatado de la muerte: —aunque, cómo saber si Lázaro lo pasaba mal en la muerte, quizá ya estaba más que descansado y cómodo y la resurrección sólo lo importunó— parpadeante ante la luz intensa, envuelto en una manta incómoda: estupefacto. Ahora, al recordar esto, evoco aquella vez en que fui asaltado por dos muchachos: los primeros segundos no supe qué pasaba, el suelo que parecía sumamente cercano a mis ojos bruscamente era interrumpido por el paisaje y una sensación de intenso calor me embargó desde la mejilla hasta alcanzarlo todo: me habían golpeado y había caído al suelo, desafortunadamente para mí, no fue sino el primero de muchos golpes de una tarde de verano; esta era la misma sensación. En ese momento no percibía bien lo que tenía frente a mí, si en ese instante una mujer se hubiera levantado la blusa y dejara al descubierto sus senos redondos mi reacción sería la de un ciego o la de un maricón: completa indiferencia.
            Muchas cosas pasaban en mi cuando tu brazo detuvo el mar, el aire, la chica con los senos de fuera, el golpe y; finalmente, todo mi cuerpo, sé que dijiste algo porque vi cómo se movían tus labios pero no escuche nada. Tardé todavía unos minutos más en reconocerte, sentí tu abrazo como quien siente una eyaculación inesperada: sin sentido y ajena. Para cuando nos sentábamos en el pequeño, oscuro y sucio café apenas empezaba a recordarte: te vi frente a mí, estrechándome la mano fuertemente, el traje del presente reemplazado por la playera demasiado grande para tu cuerpo excesivamente delgado del pasado, el gel de cabello por una maraña salvaje de pelambre, la barba cuidadosamente rasurada por una en completo desorden, los pantalones a la medida por unos vaqueros rotos, y tus zapatos negros por extraños mocasines. Te vi mencionando tu nombre en el recuerdo y finalmente en el presente pude decir: “¡Cuánto tiempo, Alfredo!”.
            Pensé que la providencia —cosa extraña pues soy un viejo ateo— te había puesto en esa calle del centro para que funcionaras de consejero, de confesor provisional y me preparé para soltarte todas mis angustias. Mas, hacía tanto tiempo que no nos veíamos, ni siquiera recuerdo el porqué nos habíamos dejado de ver después de ser inseparables en la universidad, que no sabía cómo empezar. En cuanto nos trajeron el café eternamente negro me lo contaste todo, al parecer el tiempo alejado para ti no significaba más que un fin de semana.
            Aún seguía debatiéndome cómo empezar cuando tú ya estabas a mitad del relato. Tu mujer, tus hijos, tu trabajo que al principio pareció ser tan prometedor, tu amante —en la universidad decías no creer en el matrimonio, en tener hijos, en las amantes; por lo que me sorprendió no sólo saber que eras casado y con tres hijos, sino que hasta estabas equipado con amante y, lo que es peor, con una segunda amante que te aliviaba de los achaques de la primera— y tu extinta carrera de pintor. Tu frustración era grande, siempre tratando de hacerte tiempo para pintar pero no podías evitar acostarte con la modelo en turno —además de las dos amantes y la mujer que ya tenías— y tus bosquejos siempre terminaban en esquemas de sábanas blancas o azules o verdes o negras. Tu mujer no entendía tu necesidad de tener más de una mujer y acababa de pedirte el divorcio, por lo que tu primer amante estaba feliz creyendo que irías a vivir con ella y al explicarle que querías estar solo un tiempo ella se molesto, sin saber, sin sospechar si quiera que querías escaparte con la segunda amante por unos días.
            Y el gran dilema del hombre con hijos, no tenías intención de ser como tu padre por lo que pensabas que debías pasar más tiempo con ellos pero qué hacer con el trabajo, la primera amante, la segunda, la pintura, las modelos y ahora el divorcio. “La familia siempre ha sido un estorbo” habías dicho en la universidad porque tu padre no te dejo ir a un viaje a la playa con los compañeros. El trabajo era lo único en lo que te iba bien porque era un trabajo para idiotas.
            No sé cómo pero pronto anocheció en esta gran ciudad, ahora el sol que nos alumbraba era de neón. De pronto dijiste que tenías que irte, pagaste la cuenta de ambos y salimos al aire nocturno. Mientras esperabas al valet parking me invitaste a repetir el suceso en alguna ocasión.
    Tanto tiempo, hombre. Y, bueno, como si nada ¿eh? Espero que hasta que nos veamos otra vez las cosas me salgan mejor.
Y te reíste con ese estrépito que siempre te ha caracterizado. Noté por primera vez que estabas notablemente gordo ¿cómo no me pude dar cuenta antes? Tal vez porque la mesa tapaba esa parte de ti. A pesar de la oscuridad pude distinguir algunas canas en tus sienes y las entradas pronunciada de tu frente. Estiraste tu mano y me estrechaste, sentí toda tu inmensa alegría de encontrarte conmigo de forma tan inesperada al ser restregado contra tu gran barriga. Te subiste rápidamente en tu auto y te despediste en una seña.

            Mire cómo desaparecías en una vuelta imposible. Seguía interrogándome cómo iniciar y cuando vi que ya no estabas volví a mi estado anterior a tu interrupción y todo volvió: mi cuerpo, el golpe, la chica en topless, el aire, el mar en mi garganta. Me encogí de hombros al pensar en ti, en tu verborrea casi satánica — ¿ya dije que soy ateo?— en tu estómago prominente, en nuestra amistad, en cuando no podíamos ir a alguna reunión sin el otro, en cuando tu viejo te corrió de su casa y yo te di asilo, en que conociste a tu futura divorciada porque primero fue mi novia, en que aún así yo fui tu padrino en la boda; sí me encogí de hombros. Al fin, ni éramos tan cercanos. Me fui como un Lázaro moderno entre luces de neón, con mi mar en la garganta y otra más de mis posibilidades cerrada. Estupefacto.   

martes, 8 de abril de 2014

Memorias de una familia.


Nunca se habían cuestionado de dónde les venía esa vena tan diferente a las otras, esa que les caminaba alrededor del cuerpo y que los unía unos a otros. Para ellos era tan natural, tan propio: jamás pensaron que detrás de la puerta eso no era más que una imaginación que ellos mismos fabricaron, que nació de ellos y que creció en las entrañas mentales de cada uno por obra de los otros. Dicen que la desgracia tiene nombre de mujer y esta no era la excepción, en los albores de una adolescencia infortunada, Fátima, fue la primera en preguntar, no sin cierta inocencia, ¿Quién fue el primero en tener el lunar rojo? en plena cena de cumpleaños de la abuela Rita.
            La pregunta rondó por todos los rostros, juguetona, en cada semblante encendía un par de chispas en los ojos y, ridícula, juntó las cejas de cada uno de los presentes: jamás se lo habían preguntado. Fátima miró a su alrededor en busca de respuesta. Recordaba toda su vida igual: encerrada tras las puertas marrones, sin la posibilidad de ver por las ventanas, con ruidos, voces, roces que no correspondían a ningún animal, hombre o mujer dentro de la casa. Recordaba las noches amenazantes, los rezos, las hierbas, los extraños objetos y los animales. También recordaba con especial nitidez el día en que, por fin, dejaron que fuera a casa de Isabel a comer, aún podía ver a aquel hombre anciano sentado en un sofá individual y aún se confundía al ver cómo el padre de Isabel se sentaba sobre el anciano y podía escucharse a sí misma gritar “Levántate, lo aplastas” y, sobre todo, podía ver frente a sus ojos los rostros de Isabel y sus padres extrañados, asustados. Al día siguiente Isabel le comento.
—No podemos jugar juntas ya. Mis papás dicen que tienes que ver un psicólogo y que si me junto contigo, me vas a contagiar. No me quiero contagiar.
Quizás eso eran el lunar rojo  y la vena obscura: una enfermedad. Fátima no dijo nada a nadie pero a partir de ese momento buscó la cura, sin lugar a dudas era una enfermedad familiar, así que después de años de pensarlo, años de que más y más padres de amigos prohibieran a sus hijos jugar con ella por temor al contagio, se sentó en su lugar de la mesa en el gran comedor, comió la cena de cumpleaños de la abuela Rita, cantó las mañanitas y, finalmente, preguntó
—¿Quién fue el primero en tener el lunar rojo?

Sólo la tía Águeda la miro, los demás, fruncieron el ceño.     

viernes, 4 de abril de 2014

El peligro de lo impoluto.

La página en blanco retándome: no te atreves, no lo harás. Su limpieza burlona me saca de mis casillas pero lo que más me exaspera es mi duda, con cada instante mordaz frente a ella crecen, se multiplican ¿podré hacerlo? ¿me atreveré? ¿qué es lo que pretendo al ponerme en esta situación? ¿porqué insisto tanto? Pasan los segundos, los minutos eternos e iguales todos ellos, todos tormentosos, angustiantes. Y las dudas siguen fluyendo como ríos, no, como ríos no, como mares, más bien como corrientes de aire que no puedo contener por lo intangibles, por lo fuertes, lo rápidas, lo absurdas de su naturaleza.
            El blanco se impregna a mis pupilas, blanco es todo: la habitación, la puerta, la silla, mi ropa, por mis manos empiezan a correr manchas pequeñas, manchas blancas empiezan a llenarme. De un golpe me levanto y la hoja cae en el perfecto blanco que me rodea, que poco a poco se apodera de mi, camino confundido. Me confundo, me pierdo en la inmensidad del blanco, en la eternidad del la hoja que me retó y que no pude, no pude combatir. Con torpes movimientos trato de sacarme de encima tanto blanco que perfora mis ojos, sacudo las piernas pero ¿qué sucede? Justo ahí donde mi mano me tocó nace un nuevo brote, una nueva colonia blanca que se extiende y, lo mismo sucede cuando toco algo más.   

            ¡Dios mio! No quiero morir de intoxicación de blanco, de asfixia por el blanco en mis pulmones, quiero que alguien me ayude. Ya no logro ver mis piernas entre tanta pulcritud, sin remedio me desmorono y de mi último rincón cae amarillo el lápiz y una mancha de grafito se convierte en una boya a la que me aferro rápidamente. La mancha de grafito me ha salvado, por ahora.