Bésame fuerte antes de que parta. La luz
del apartamento vecino entraba por la ventana, se colaba por entre la cortina y
aumentaba el número de sombras. De pie y de espalda a la luz, un hombre se
enfrenta a la oscuridad. En penumbra y tendida en la cama una mujer observa con
atención cómo la silueta se deshace de una camisa traslúcida y cómo libera las
piernas de la tela de mezclilla para acercarse a ella. Estos son los momentos
en los que siento más amor por ti, justo antes de que entres en la cama en la
que te espero desnuda, el instante en que levantas las mantas para estar junto
a mí. Justo ese momento.
No
te atrevas a llorar, por favor. La luz ajena ilumina con nitidez algunos
fragmentos de piel de la mujer tendida en la cama, algunos lunares juegan a las
escondidillas entre las sábanas y los cabellos sobre la almohada son hilos más
negros que la noche. La calma de su respiración, la serenidad de su mirada
atenta siguen cada movimiento del hombre que ante ella se despoja de la
indumentaria cotidiana para lanzarse con parsimonia al reconfortante vacío. Tus
ojos obscuros, profundos, enormes como el tiempo, siguen cada paso que doy, con
cada movimiento mío hay un movimiento de tus pupilas que responde. Armamos una
perfecta danza en la que mis movimientos guían la gracia de tus miradas y,
entonces, te siento más cercana a mí que en cualquier otro instante. El momento
en que nuestro vals se detiene porque mis movimientos están fijos en ti y tus
ojos tocan mi rostro, entonces sé que estás conmigo y nada más.
Se
consumieron en luminosas bocanadas seguros de que, al final, sólo tendrán un
humo fragante en la memoria. Sus brillantes brazas opacaron la luz que entraba
por la ventana y convirtieron la cama en el más hermoso de los ceniceros. El
sueño que compartieron esa noche, pasándolo de labio en labio, aspirando cada
segundo hasta guardarlo en los pulmones e infectarlos de negros relámpagos, fue
el último. Cada uno tenía una fragancia distinta en la boca pero ambos conservaban
el mismo sabor.
Por la mañana el sol
inundaba la habitación sin dejar ni un rincón de media luz, desde el aire puro
de la cama, el hombre miraba a su alrededor: estaba solo. No había nada de la
mujer junto a él, ni un lunar, pestaña o ceniza. No quería que lloraras, no me
dejaste nada, ni una lágrima tuya, sólo las mías que evaporamos juntos. La
puerta abierta de la habitación fue el único vestigio que quedó de ella.
Las calles llenas de
bullicio, de olor a domingo de plaza rodeaban a la mujer. Llorosa y absorta
viajaba en el metro sin percatarse de cuántas vueltas a lo largo de la línea
subterránea ya había realizado. Todo fluido que contuviera su cuerpo le salía
por los ojos pero sentía la boca seca, llena del veneno del hombre. Nunca más
ese momento, nunca más mirarte venir a la cama, ni un beso fuerte. Ya jamás.
El humo fragante de la
memoria poco a poco los fue distanciando y de aquel último cigarro compartido
sólo cenizas fantásticas, hermosas que iluminan la reminiscencia, quedan.
Finalmente, se convertirán en un delicado polvo, que amorosamente llena todas
las cosas y que en ambos quedará fijo para la eternidad, “polvo serán, mas,
polvo enamorado.”