martes, 8 de abril de 2014

Memorias de una familia.


Nunca se habían cuestionado de dónde les venía esa vena tan diferente a las otras, esa que les caminaba alrededor del cuerpo y que los unía unos a otros. Para ellos era tan natural, tan propio: jamás pensaron que detrás de la puerta eso no era más que una imaginación que ellos mismos fabricaron, que nació de ellos y que creció en las entrañas mentales de cada uno por obra de los otros. Dicen que la desgracia tiene nombre de mujer y esta no era la excepción, en los albores de una adolescencia infortunada, Fátima, fue la primera en preguntar, no sin cierta inocencia, ¿Quién fue el primero en tener el lunar rojo? en plena cena de cumpleaños de la abuela Rita.
            La pregunta rondó por todos los rostros, juguetona, en cada semblante encendía un par de chispas en los ojos y, ridícula, juntó las cejas de cada uno de los presentes: jamás se lo habían preguntado. Fátima miró a su alrededor en busca de respuesta. Recordaba toda su vida igual: encerrada tras las puertas marrones, sin la posibilidad de ver por las ventanas, con ruidos, voces, roces que no correspondían a ningún animal, hombre o mujer dentro de la casa. Recordaba las noches amenazantes, los rezos, las hierbas, los extraños objetos y los animales. También recordaba con especial nitidez el día en que, por fin, dejaron que fuera a casa de Isabel a comer, aún podía ver a aquel hombre anciano sentado en un sofá individual y aún se confundía al ver cómo el padre de Isabel se sentaba sobre el anciano y podía escucharse a sí misma gritar “Levántate, lo aplastas” y, sobre todo, podía ver frente a sus ojos los rostros de Isabel y sus padres extrañados, asustados. Al día siguiente Isabel le comento.
—No podemos jugar juntas ya. Mis papás dicen que tienes que ver un psicólogo y que si me junto contigo, me vas a contagiar. No me quiero contagiar.
Quizás eso eran el lunar rojo  y la vena obscura: una enfermedad. Fátima no dijo nada a nadie pero a partir de ese momento buscó la cura, sin lugar a dudas era una enfermedad familiar, así que después de años de pensarlo, años de que más y más padres de amigos prohibieran a sus hijos jugar con ella por temor al contagio, se sentó en su lugar de la mesa en el gran comedor, comió la cena de cumpleaños de la abuela Rita, cantó las mañanitas y, finalmente, preguntó
—¿Quién fue el primero en tener el lunar rojo?

Sólo la tía Águeda la miro, los demás, fruncieron el ceño.     

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