La página en blanco retándome: no te
atreves, no lo harás. Su limpieza burlona me saca de mis casillas pero lo que
más me exaspera es mi duda, con cada instante mordaz frente a ella crecen, se
multiplican ¿podré hacerlo? ¿me atreveré? ¿qué es lo que pretendo al ponerme en
esta situación? ¿porqué insisto tanto? Pasan los segundos, los minutos eternos
e iguales todos ellos, todos tormentosos, angustiantes. Y las dudas siguen
fluyendo como ríos, no, como ríos no, como mares, más bien como corrientes de
aire que no puedo contener por lo intangibles, por lo fuertes, lo rápidas, lo
absurdas de su naturaleza.
El
blanco se impregna a mis pupilas, blanco es todo: la habitación, la puerta, la
silla, mi ropa, por mis manos empiezan a correr manchas pequeñas, manchas blancas
empiezan a llenarme. De un golpe me levanto y la hoja cae en el perfecto blanco
que me rodea, que poco a poco se apodera de mi, camino confundido. Me confundo,
me pierdo en la inmensidad del blanco, en la eternidad del la hoja que me retó
y que no pude, no pude combatir. Con torpes movimientos trato de sacarme de
encima tanto blanco que perfora mis ojos, sacudo las piernas pero ¿qué sucede?
Justo ahí donde mi mano me tocó nace un nuevo brote, una nueva colonia blanca
que se extiende y, lo mismo sucede cuando toco algo más.
¡Dios
mio! No quiero morir de intoxicación de blanco, de asfixia por el blanco en mis
pulmones, quiero que alguien me ayude. Ya no logro ver mis piernas entre tanta
pulcritud, sin remedio me desmorono y de mi último rincón cae amarillo el lápiz
y una mancha de grafito se convierte en una boya a la que me aferro
rápidamente. La mancha de grafito me ha salvado, por ahora.
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