Dulce sueño al atardecer, bajo enormes e infantiles pestañas, bien guardado en el raído cangurero, apretado contra el pecho paternal escucha levemente los cláxons, siente las ligeras ráfagas de aire que circulan entre Fray Servando y Congreso de la Unión. Y yo desde la ventanilla del auto los contemplo al tiempo que una ligera sonrisa me devela el sueño, mientras, espero que el siga se ponga en el semáforo. El pequeño rostro se ilumina al ritmo del trabajo paternal, luz roja que desciende sobre los párpados cerrados, ligeras gotas de gasolina que caen en la boca de algodón, calor que reconforta. Dirijo mi mirada al rostro de cachetes forzados, esa a la que le pertenece el pecho que lleva al pequeño durmiente y noto la quemadura más ardiente no está en la gasolina dentro de su boca, ni en ese ligero trago que se escapa y que recorre ya sus entrañas, tampoco en sus manos ya cicatrizadas, ni mucho menos en los labios que de tanto abrirse ya jamás se cierran. La quemadura más ardiente está en el cangurero raído, apretado junto a su pecho, una quemadura durmiente, un fuego ahora incesante y, mientras dure la siesta, bajo. Fuego que poco a poco cobrará la fuerza de un incendio.
Se acerca, le doy un peso "Adios, tragafuego".
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