Lo
habían golpeado tan fuerte que sus ojos estaban totalmente cerrados, apenas
podía reconocer sus rasgos tan hermosos que alguna vez mi cuerpo creó. Tirado en
la calle como estaba, regresó a mis brazos del mismo modo en que alguna vez
llegó: dependía de mi de nuevo. Alrededor de nosotros la gente corría,
hablaban, tal como aquella vez en que corrían para conocerlo, en que hablaban
para él. Grité, grité por ayuda igual que cuando me deshacía en maremotos de
dolor que emergían de mí, grité tanto que empecé a enmudecer, el maremoto esta
vez era catastrófico: no quedaría nada. Tomó mi mano entre las suyas y trató de
hablarme, lo sentí estremecerse por aire entre mis brazos y mientras él
boqueaba con terror, ellos seguían como terremoto imparable, derrumbando,
condenando, levantando sus poderosas ondas telúricas dejando a otros en la
misma miseria que a él.
A
penas pudo abrir la flor que eran sus labios, a penas junto aire, a penas sentí
sus manos tomando las mías. Me acerqué a su rostro bello hinchado: nada me
impediría reconocerlo, ni aunque no quedara ya nada de él. Besé su hermosa
frente abierta y, tal como la primera vez que lo besé, el sabor salado, espeso,
a hierro, a sangre. A penas mis labios tocaron su piel a través de toda esa
mezcla de sustancias cuando abrió sus dulces labios para nombrarme por última
vez.
Y miles como yo me
rodearon, miles de madres sin hijos lloraron junto a mí en la noche cargada de
muerte.
No hay comentarios:
Publicar un comentario