martes, 9 de diciembre de 2014

Sin título.

Lo habían golpeado tan fuerte que sus ojos estaban totalmente cerrados, apenas podía reconocer sus rasgos tan hermosos que alguna vez mi cuerpo creó. Tirado en la calle como estaba, regresó a mis brazos del mismo modo en que alguna vez llegó: dependía de mi de nuevo. Alrededor de nosotros la gente corría, hablaban, tal como aquella vez en que corrían para conocerlo, en que hablaban para él. Grité, grité por ayuda igual que cuando me deshacía en maremotos de dolor que emergían de mí, grité tanto que empecé a enmudecer, el maremoto esta vez era catastrófico: no quedaría nada. Tomó mi mano entre las suyas y trató de hablarme, lo sentí estremecerse por aire entre mis brazos y mientras él boqueaba con terror, ellos seguían como terremoto imparable, derrumbando, condenando, levantando sus poderosas ondas telúricas dejando a otros en la misma miseria que a él.
A penas pudo abrir la flor que eran sus labios, a penas junto aire, a penas sentí sus manos tomando las mías. Me acerqué a su rostro bello hinchado: nada me impediría reconocerlo, ni aunque no quedara ya nada de él. Besé su hermosa frente abierta y, tal como la primera vez que lo besé, el sabor salado, espeso, a hierro, a sangre. A penas mis labios tocaron su piel a través de toda esa mezcla de sustancias cuando abrió sus dulces labios para nombrarme por última vez.
Y miles como yo me rodearon, miles de madres sin hijos lloraron junto a mí en la noche cargada de muerte.

No hay comentarios:

Publicar un comentario