Desde que aprendí a besar me ha gustado dejar huellas de mis pasos. La culpa es de Celia, encantadora y tres años mayor que yo, me besó inesperada, turbadoramente: dejó en mi memoria el rojo terciopelo y húmedo. Yo tenía diez y, como toda niña de esa edad aún le tenía asco a los hombres pero quería que mi primer beso fuera especial y Celia se aseguró de que así fuera. Aún hoy me pregunto porqué lo hizo. Era amiga de mi hermana y era atlética, alta y hermosa. Una tarde, mi hermana y Celia habían robado algunos labiales de mi madre y, frente al espejo del baño, se los probaban uno a uno, borrando todo con papel de baño, mientras yo las contemplaba desde la puerta. Mi hermana nos dejó solas por un momento cuando fue por refrescos, entonces Celia se puso el rojo más obscuro, caminó hacia mí y me besó. Se ve bien en tu piel blanca, me dijo cuando se separó. Nunca volví a estar a solas con ella.
Y, sin embargo, Celia nunca me dejaría: para cuando besé por primera vez a un chico, ya había robado ese labial del bolso de cosméticos de mi madre y me encantó ver el rojo en la cara de tarugo de Marco. Seguí usando ese rojo sangre hasta que, finalmente, mordí a Diego tan fuerte que, lo hice sangrar pero no me dí cuenta hasta que él me apartó furioso ¿Estas loca? me pregunto ¡Mi madre me va a matar! y decidí dejar a Diego.
Con mi primer paga compré una hermosa variedad de labiales rojos y los usé todos. Noté que, a los hombres que les gustaban los besos largos, pausados y apenas rozando la lengua, les gustaban los rojos casi naranjas; mientras que, a los hombres cuyos besos eran rápidos, furiosos, profusamente húmedos les encantaba el rojo vino. Pero a ninguno le gustaba el rojo sangre, ese era para las mujeres.
La primera vez que me acosté con un hombre, dejé a Herminio, las sábanas de la cama de hotel y a mí misma llena de rojo carmesí. La primera vez que tuve un orgasmo, la boca de Víctor quedó color borgoña. La primera vez que me enamoré, Luis amaba el ciruela. Pero Walter fue mi revelación: la primera vez que lo besé el rojo sangre no dejó huella, tampoco lo hizo después el borgoña, el carmesí, ni el rojo sangre. Desesperada me dí cuenta de que, no dejaba ninguna huella en Walter. La primera vez que nos acostamos, me mordió y me hizo sangrar el labio; la primera vez que hicimos el amor, me sostuvo tan fuerte que sus dedos quedaron marcados en mis muñecas.
Mordí, añaré, golpee. Nada. Ni una sola, ni una marca. Una noche mientras él dormía, lo contemplé. Miré su pecho subir y bajar, sus ojos moverse bajos sus párpados, su boca abrirse ligeramente y lo entendí. El rojo no me servía con Walter.
Al siguiente día compré un labial blanco, uno que me costó mucho encontrar y, al volver a casa, marqué todo el cuerpo de Walter.