jueves, 26 de mayo de 2016

Bestias.

Todo empieza con olisqueos y miradas desafiantes, tanteos con las patas, tratando de medir el terreno, con el hocico expectante. Juntas una junto a otra, las perras esperan la señal de salida. Con los músculos tensos, se mueven nerviosas en la línea de salida. Tantas ansias de salir corriendo, de acabar con las otras. Contemplan furiosas los preparativos,ven pasar sombras que las encienden, que las animan a empezar. Pero no, aún no. 
Las puertas están frente a ellas, cerradas, el aire se empaña con sus alientos nerviosos e iracundos. Pasan los segundo eternos y ellas esperan, listas, puestas en las marcas esperando la señal. Tensos los músculos bajo la piel, tenaces los ojos en el camino, furiosa la quietud de la espera. Espera.
Se abren las puertas con un sonido que sobresalta a los espectadores,los pies de tan tensos, olvidan su ligereza y provocan un ruido seco en el piso. Se lanza todas tras la presa: ni un segundo de dubitación, puro instinto de correr, de avanzar, de llegar a la presa. Los ojos fijos en el objetivo y el cuerpo en inmenso movimiento. 
Choques. Tarazcadas. Gruñidos. Inspira. Aspira. Saliva. 

Y en un segundo todo termina. Después del caos, paz instantánea entre murmullos excitados, luchando por calmarse. Respiraciones acompasadas. Risitas tímidas disculpándose por la bestialidad anterior. Bestialidad. Una vez instaladas en la calma el lugar se inunda de murmullos: cierres, botones, clik y klak de cajas. Suspiros por lo recorrido y por lo que queda por recorrer. 

Taxqueña, ocho de la mañana o cualquier otra estación multitudinaria del metro. Sección femenina. 
Todas somos perras. 



Sección mixta: la selva. 

sábado, 23 de enero de 2016

El acorazado.

No es que, sin aviso una mañana, me despertara siendo lo que soy. No. Así siempre he sido: todas las mañanas de mi vida he despertado con un caparazón y unas patitas. Cada día camino kilómetros para conseguir comida y siempre debo correr para poder salvarme. Cuando ellos me miran, por un momento me quedo quieto pero después debo correr como endemoniado. Admito que me encanta andar por los rincones y que adoro escaparme de sus pisotones que me abrirían la panza y dejarían mis tripas regadas en el suelo. 
Los odio. 
Tan grandes, viéndome desde la altura de su enormes cuerpos que podría escalar, son como torres enormes y horribles. Un sonido desgraciado sale de ellos cuando nos miran. Antes éramos más: habíamos muchos. Y conseguíamos todo lo que queríamos. Siempre andábamos juntos y juntos aprendimos a correr rápidamente por los rincones. Pero ahora...
Tuvimos que correr en diferentes direcciones había una especie de niebla al rededor de nosotros, chillidos por todos lados y tantas cosas que confundí. Al principio pensé que era una fiesta pero no: corrí tanto, que me perdí. 
Los he perdido a todos. Pero seguro andarán por ahí, perdidos como yo. ¿Encontraré a alguno? Dijeron que mi vida sería corta porque ahora no hay vidas largas, yo sólo quiero encontrarlos y jamás volver a escuchar los chillidos de los altos. A veces me despiertan durante la noche y debo correr, correr, correr. Y quiero alejarme y jamás volver. Pero tengo hambre y vuelvo. Cada vez es más difícil correr y hay menos lugares en los qué esconderse, menos rincones.  A veces, cuando me ven, finjo estar muerto y se van pero me da mucho miedo. Ya no quiero volver a correr. 
Un día estaba buscando lo mío y me vieron, empezaron a chillar y tuve que correr y ¡Pum! Un pisotón y tembló el piso, lo esquivé por pura suerte y corrí más y ¡pum! Otro pisotón y ese me levantó del suelo: por un momento creí que había muerto porque mis pies se separaron del piso y pude ver el suelo gris alejarse de mi. Pero caí rápido y pesado, caí como un bulto sobre un montón de migajas. Por un momento no pude moverme y todo dejo de chillar: no había ni un ruido. A penas si podía abrir los ojos y, descubrí que, justo frente a mí había uno de los que había estado buscando. Estaba con su cara fija en el cielo, sus patitas tiesas y sus tripas esparcidas por el piso. Quise llorar pero sólo pude correr. No quería volver jamás pero me dio hambre. ¿Encontraré a alguno que no tenga su cara hacia el cielo? Antes soñábamos  así, con la cara hacia el cielo, ahora, sólo morimos. 


Una luz ha pasado por el cielo, espero que sea una estrella fugaz y no esas bombas horribles. Dejaré de escribir para pedir un deseo. Quiero encontrarlos. Me dijeron que siguiera escribiendo y que un día alguno de ellos me encontraría pero no ha sucedido. Ya ha pasado mucho tiempo y las páginas casi se acaban. Me pregunto si debería seguir escribiendo, al parecer, no sirve de mucho y ya casi se acaba el lápiz. Menos mal que mi papá me dio esta mochila: es muy útil. 
Estrella fugaz, ayúdame a encontrarlos. Todo el lugar se ilumina y puedo ver bien lo que escribo: mi deseo para la estrella. La estrella no sigue ya en el cielo, viene hacia mí, se acerca luminosa y enorme. 

Tengo hambre...

viernes, 8 de mayo de 2015

Vistazos de la Vrbe.



Contra jirones de luces ámbar, con momentos rosáceos que contrastan con hermosos rasguños celestes, su silueta se contrasta: negra, misteriosa, densa. Parece estar listo para promocionar algún producto pero no, todo lo que vende es así mismo. ¿Lo comprarán? Por supuesto, se nota aún desde lejos que es Él, que en sus manos tiene el destino de cientos de personas, y que a lo largo de su vida hace que  miles de vidas le deban  algo. A bordo del metro, detenidos por infinitos minutos en Villa de Cortés, lo miramos desde la mitad de Tlalpan, estupefactos, fascinados, temerosos. Nuestros ojos se levantan para verlo, parece que rogamos a un Dios envidioso, como Vírgenes dolorosas levantamos el semblante lloroso. Somos testigos de una Epifanía cristalina y deseamos que ni el metro, ni Él se muevan. Por unos minutos, la orfandad desaparece. 

Desde la altura los contemplo, pequeñas hormigas malditas. Sé lo que piensan cuando me miran, sé que todos ustedes se treparían por mis piernas, me morderían y me llenarían de ronchas punzantes, enloquecedoras y que mi carne por siempre estaría ya envenenada. Y todo para que ustedes se quedaran con un pedazo de mi. Pero no, no se los daré. Malditos. Antes los mato a todos. Desde esta altura todos son testigos de mi verdadero poder, en cambio, allá abajo cuando camino a su lado, me escupen. Pendejos. Presumen su poder, me restriegan sus estúpidas pertenencias. Y ¿yo para qué chingados quiero esas pendejadas, si los tengo agarrados de los huevos? Jajajajaja. Pues sí, mis queridos pendejos todos sus huevos me pertenecen y ustedes ni saben. Yo soy el único con poder aquí. Gracias a mi son lo que son. Gracias a mi duermen tranquilos, putos. Pendejos, todavía confían en mi. Cuando cierran su ojitos de pulguita pedorra noche tras noche, cuando se sienten seguros al entrar a su pocilga, cuando, engreídos, menciona “mi casa”; todos están chupándome los huevos. Cuando caminan por estas calles intrincadas,  como señores de mundo; mientras le jalan al excusado para que se lleve toda su mierda; cuando prenden una luz después de una pesadilla patética...en cada movimiento que hacen, en cada espacio que habitan, cada maldita cosa que llevan a su inmunda boca: ahí estoy yo. Mis semejantes y yo: la escoria de esta y de todas las putas ciudades, los peones que descartan primero, la carne maloliente del banquete. La ciudad no viviría sin nosotros, sería un sueño, una ilusión. Nosotros somos los que cambiamos al mundo, los que le damos forma, los que lo destruyen para, con los pedazos rehacer los rascacielos, darles los parques, los transportes, los que les dan la vida que conocen. La ciudad es NUESTRA obra, no la suya, nos PERTENECE como un hijo idiota: está a nuestra disposición y es también nuestra carga...¿quiénes sino los albañiles construimos el mundo? Ustedes lo habitan pero nosotros lo creamos. 

jueves, 15 de enero de 2015

Plegaria.

Hermanos, antes de darnos la paz, me han pedido que levantemos una oración al Señor, esta vez por nuestros hermanos los escritores por encargos.

Señor, no olvides a esos, tus hijos, también, los escritores por encargo. No alejes de ellos tu mano incendiaria que ilumina sus noches de computadoras forzadas, de correcciones inútiles que a nadie interesan. Sé el fuego que calienta sus lecturas esperanzadas, sé la palabra sagrada que los atormenta y los libera al mismo tiempo contradictorio. Sé su esperanza a las tres de la mañana, cuando por fin terminan el encargo y, ante el blanco de la página creadora, se acercan al Maligno que les cierra los ojos de sueño y de temor. Sé la voz que narra todo lo que ven dentro de su cabeza, sé la inspiración para creer que aún hay cosas que decir del mundo, del hombre y de ti. Permíteles acuñar tu luz en esas inmensas ojeras, en esos gruesos anteojos. Dales el empleo que les permita seguir manteniendo la industria editorial sin la cual, ellos no hubieran encontrado jamás su camino en la vida. Dales el coraje de escribir lo que les venga en gana, de sus amigos, del poder, de ti, aunque después desechen lo que les parezca incorrecto. Haz de sus oídos los mejores para atrapar las canciones de las conversaciones, de sus ojos los espejos del asombro, de sus labios el candado de la expresión, de sus manos el cincel y de su gusto...trata de que sea el mejor. Señor, permíteles ver, permíteles pensar, permíteles imaginar cosas que son reales. Señor, no permitas que el tiempo se los coma, protege el verdadero talento de ser usado por el Maligno en forma de mercado, aunque ellos así te lo pidan. Dales unos pocos demonios pequeños, mi Señor para esas noches de soledad.  Señor, sé las cenizas desatadas en sus noches eternas. 
Y, Señor, danos paciencia y comprensión a quienes los rodeamos. Haz estériles y frígidas a sus mujeres, haz indiferentes y crueles a sus hombres. Haznos hostiles con ellos, haznos odiarlos mientras están con nosotros para que, en el fondo de nuestros corazones sepamos que ellos son tus mejores corderos, haznos entender que ellos se sacrifican al ser los parias de nuestro mundo. Señor, aleja a sus amigos, dales trabajos de horarios imposibles, llévate a sus padres a tu lado cuando sean buenos y déjalos junto a ellos cuando sean el Maligno. Danos la incapacidad de ver directamente a esos escribidores y el don de odiarlos cuando los percibamos, de olvidadlos fácilmente e intrigarnos hasta la médula cuando los miremos de lejos. Señor, hazlos desagradables a nuestra vista, hazlos detestables a cualquier mirada. Y, sobre todo, Señor, hazlos inútiles para el amor carnal. 
Señor, quítales toda la felicidad, dales la consciencia de la soledad del hombre mortal y la doble soledad del hombre que escribe. Pero sobre todo dales, Dios Mío, la esperanza de que ellos podrán escribir algo bueno. 
Amén. 

Líbranos, Señor, de todos los males y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.
 —Tuyo es el Reino, tuyo es el poder y la gloria por siempre, Señor.
Señor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles La paz os dejo, mi paz os doy,  no tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia y, conforme a tu palabra, concédele la paz y la unidad. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.
—Amén
La paz del Señor esté siempre con vosotros
—Y con tu espíritu
Daos fraternalmente la paz.
(Varias manos se quedaron vacías, estiradas hacia la nada.)

martes, 23 de diciembre de 2014

Los últimos de la fiesta.

Se habían ausentado por sólo un instante: fueron a la habitación por un abrigo y un beso. Llevaban el sonido de la charla y la música pegado a sus oídos. Sólo fue un instante. Cuando volvieron a la sala de estar, ésta ya estaba vacía: las guitarras estaban quietas, había cojines por doquier pero lo más abundante eran los vasos marchitos. 
Se miraron: eran los últimos de la fiesta. 
Al fin, empezaron a recoger los restos de algo que, para ellos, ni siquiera había empezado. Ella lo miraba atónita, con sus grandes ojos colmados de dudas "Ni siquiera se despidieron". Había planeado aquello con tanto cuidado y antelación, con tanta esperanza y expectativas y, ahora, sin que se hubiera percatado de nada, todo había terminado. Comenzó a llorar con vasos sucios en las manos. 
Él se acercó lentamente y la tomo de los brazos, con impercitible paciencia la condujo a un sofá. Hacía tiempo que él había aprendido a desprenderse, a no esperar y a dejarse sorprender sin caer en las trampas de la expectativa y la frustración de las esperanzas frustradas. Pero ella...ella se apegaba demasiado pronto a todo, era una de las cosas por las que la amaba y, aún así, en momentos como este, deseaba que fuera distinta.
Esa noche la vio envejecer en llanto y, poco a poco, como quien mira una vela derretirse, la vio morir en el sillón, aferrada a los vasos. Lo único que quedo de ella fue su aroma en aquellos vasos marchitos que él guardo en la vitrina de vidrio. 

martes, 9 de diciembre de 2014

Sin título.

Lo habían golpeado tan fuerte que sus ojos estaban totalmente cerrados, apenas podía reconocer sus rasgos tan hermosos que alguna vez mi cuerpo creó. Tirado en la calle como estaba, regresó a mis brazos del mismo modo en que alguna vez llegó: dependía de mi de nuevo. Alrededor de nosotros la gente corría, hablaban, tal como aquella vez en que corrían para conocerlo, en que hablaban para él. Grité, grité por ayuda igual que cuando me deshacía en maremotos de dolor que emergían de mí, grité tanto que empecé a enmudecer, el maremoto esta vez era catastrófico: no quedaría nada. Tomó mi mano entre las suyas y trató de hablarme, lo sentí estremecerse por aire entre mis brazos y mientras él boqueaba con terror, ellos seguían como terremoto imparable, derrumbando, condenando, levantando sus poderosas ondas telúricas dejando a otros en la misma miseria que a él.
A penas pudo abrir la flor que eran sus labios, a penas junto aire, a penas sentí sus manos tomando las mías. Me acerqué a su rostro bello hinchado: nada me impediría reconocerlo, ni aunque no quedara ya nada de él. Besé su hermosa frente abierta y, tal como la primera vez que lo besé, el sabor salado, espeso, a hierro, a sangre. A penas mis labios tocaron su piel a través de toda esa mezcla de sustancias cuando abrió sus dulces labios para nombrarme por última vez.
Y miles como yo me rodearon, miles de madres sin hijos lloraron junto a mí en la noche cargada de muerte.

sábado, 6 de diciembre de 2014

El juego de los besos.

Desde que aprendí a besar me ha gustado dejar huellas de mis pasos. La culpa es de Celia, encantadora y tres años mayor que yo, me besó inesperada, turbadoramente: dejó en mi memoria el rojo terciopelo y húmedo. Yo tenía diez y, como toda niña de esa edad aún le tenía asco a los hombres pero quería que mi primer beso fuera especial y Celia se aseguró de que así fuera. Aún hoy me pregunto porqué lo hizo. Era amiga de mi hermana y era atlética, alta y hermosa. Una tarde, mi hermana y Celia habían robado algunos labiales de mi madre y, frente al espejo del baño, se los probaban uno a uno, borrando todo con papel de baño, mientras yo las contemplaba desde la puerta. Mi hermana nos dejó solas por un momento cuando fue por refrescos, entonces Celia se puso el rojo más obscuro, caminó hacia mí y me besó. Se ve bien en tu piel  blanca, me dijo cuando se separó. Nunca volví a estar a solas con ella. 
Y, sin embargo, Celia nunca me dejaría: para cuando besé por primera vez a un chico, ya había robado ese labial del bolso de cosméticos de mi madre y me encantó ver el rojo en la cara de tarugo de Marco. Seguí usando ese rojo sangre hasta que, finalmente, mordí a Diego tan fuerte que, lo hice sangrar pero no me dí cuenta hasta que él me apartó furioso ¿Estas loca? me pregunto ¡Mi madre me va a matar! y decidí dejar a Diego. 
Con mi primer paga compré una hermosa variedad de labiales rojos y los usé todos. Noté que, a los hombres que les gustaban los besos largos, pausados y apenas rozando la lengua, les gustaban los rojos casi naranjas; mientras que, a los hombres cuyos besos eran rápidos, furiosos, profusamente húmedos les encantaba el rojo vino. Pero a ninguno le gustaba el rojo sangre, ese era para las mujeres. 
La primera vez que me acosté con un hombre, dejé a Herminio, las sábanas de la cama de hotel y a mí misma llena de rojo carmesí. La primera vez que tuve un orgasmo, la boca de Víctor quedó color borgoña. La primera vez que me enamoré, Luis amaba el ciruela. Pero Walter fue mi revelación: la primera vez que lo besé el rojo sangre no dejó huella, tampoco lo hizo después el borgoña, el carmesí, ni el rojo sangre. Desesperada me dí cuenta de que, no dejaba ninguna huella en Walter. La primera vez que nos acostamos, me mordió y me hizo sangrar el labio; la primera vez que hicimos el amor, me sostuvo tan fuerte que sus dedos quedaron marcados en mis muñecas. 
Mordí, añaré, golpee. Nada. Ni una sola, ni una marca. Una noche mientras él dormía, lo contemplé. Miré su pecho subir y bajar, sus ojos moverse bajos sus párpados, su boca abrirse ligeramente y lo entendí. El rojo no me servía con Walter. 
Al siguiente día compré un labial blanco, uno que me costó mucho encontrar y, al volver a casa, marqué todo el cuerpo de Walter.