En tardes de extraña calma me tomo un momento: detengo mi marcha y como un desamparado, me siento a contemplar desde la distancia lo que me rodea. En una ciudad tan viva como esta siempre existe algo digno de admirar: las putas de Tlalpan, los cerdos en los tacos, los niños descalzos, los hombrecillos que parecen sombras diminutas y cetrinas que piden monedas a cambio de una horrible melodía de armónica.
Justo, en una de esas tardes, caminaba a la orilla de una avenida transitada de cuyo nombre no quiero acordarme, con la cabeza llena de un mar de incesantes interrogantes. Las olas de preguntas eran cada vez más grandes y sentía que pronto desfallecería por el golpe fuerte de la duda, estaba esperando el choque, entonces, lo descubrí a mi alrededor: silencio.
La bofetada de calma me golpeó tan inesperadamente que tropecé y caí. Ya en el suelo, decidí quedarme a contemplar la quietud desde el asfalto. Las personas pasaban y trataban de no pisarme, qué amables, pensé.
A lo lejos a pareció la figura pequeña y concienzuda que de inmediato llamó mi Atención que respondió con voz de recepcionista entrenada. En un inicio, Atención y yo no supimos distinguir qué era pero mi compañera es más avisada y, pasados unos segundos, me comunicó lo que era. La imagen era tan hermosa, que me causó un mareo nauseabundo.
Pequeña y enjuta caminaba hacia el lugar en que Atención y yo la contemplábamos, una linda Pulgarcita. Apoyaba lentamente un pie delante del otro, como si le constara trabajo recordar qué pierna debía levantar en cada turno para poder terminar la danza de la zancada. Y en sus brazos, diminuta, una criatura repetía su rostro con habilidad rejuvenecedora. Los cabellos de la criatura que la linda Pulgarcita llevaba en brazos, estaban divididos en dos coletas negras y abundantes, como dos fuentes lúgubres y en sus ojillos reinaba una indiferencia a su entorno casi mágica.
Pulgarcita caminaba pequeña y enjuta, con la criatura en sus brazos con parsimonia. Cuando se acercó lo suficiente, pude ver que de sus diáfanos ojos nacía el agua interminable de los salados océanos. Pulgarcita lloraba igual que como caminaba: lenta y sosegada, pensando de cuál ojo saldría la próxima lágrima. Y en su llanto maternal, el único consuelo parecía ser sostener entre sus brazos a la criatura de las fuentes lúgubres que la miraba con una sonrisa de confortable dulzura e indiferencia. Estaban solas en el mundo.
Atención y yo miramos pasar a Pulgarcita y la criatura, con sus respectivas fuentes de lágrimas y cabellos. No les quitamos los ojos de encima hasta que los ojos de Atención se secaron por no parpadear.
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