miércoles, 25 de junio de 2014

La peste.

Yo soy la peste de la humanidad, soy la puta que aleja a tu hombre y la que corromperá a tus hijos, la que perderá a tu hermano y que abortará a tus sobrinos, arrojándolos a las alcantarillas.
Soy la peste de la humanidad, la que no tiene derecho a un nombre, la que huele a alma barata, la que duerme bajo los puentes del negocio. Soy la que te quita el sueño con mis ojos moribundos iridiscentes.
Yo soy la peste de la humanidad, la que siempre está vagamente maquillada, la de los labios desamparados, la de los pasos fluorescentes. Soy la puta nocturna, la puta matinal: soy la ciudad, la puta ciudad.

Emeterio

I
Emeterio es un ladrón de poca monta, no porque su carrera profesional esté comenzando o porque fuese malo haciendo lo que hacía, sino porque se trata de un ladrón que aborda solitarios, a distraídos que se resisten poco y se enfoca en las carteras muy obvias. Odia su nombre que también es el de su padre. Su trabajo le agrada en lo general, sólo le molestan las caras de susto: los ojos muy abiertos, las bocas mudas, los dedos torpes y los vellos erizados. Nunca le había gustado el miedo.
            Le gustan las diferentes formas en que nombran su profesión “De Roberto” “Manitas” y tantas otras más que, por un momento le permitían dejar de ser Emeterio. La suya, es una profesión peligrosa, muy demandante que ocupa toda su vida: momentos de ocio, paseos con los hijos o con las muchachitas que llegaba a recoger, días de asueto, vacaciones y en domingos de iglesia. A donde quiera que va, lleva consigo el traje de la profesión: siempre esta mirando, vigilando y espiando. Mordiéndose los labios, abandona a quien esté a su lado y, camina hacia la próxima misión ya fuera una joven solitaria o un mocoso presumido: celulares, carteras, anillos, aretes, pulseras que desfilan frente a él y que imposibilitan su pasividad.
            Sin embargo, Emeterio guarda un secreto que, con sólo pensarlo, hace que le suden las manos y sin necesidad de un espejo, adivina en su semblante el rostro del miedo (ojos abiertos, bocas mudas, manos torpes, vellos erizados): que lo asalten, que lo robaran. Normalmente entre los compañeros del gremio se reconocen e identifican sin que él supiera exactamente qué era lo que los delataba unos frente a otros, ¿algo en la mirada? ¿será el caminar? Se preguntaba constantemente. Mas, en los últimos meses había notado un cambio significativo: había nueva competencia. Eran jóvenes, inexpertos, torpes, ávidos, inconscientes. Ya le habían advertido que se trataba de elementos agresivos, rápidos y numerosos que actuaban como una mórbida multitud, sin orden, pero con un propósito que parecía nuevo y salvaje: causar el máximo de daño en la menor cantidad de tiempo posible.

            Algunos de sus compañeros culpan al internet, la nueva herramienta que, si sabes usarla, es clave para saber nuevas tácticas, nuevos golpes y estrategias. Emeterio se pregunta qué es aquello y cómo podían usarlo si, la mayoría del gremio (incluyéndolo a él) no sabe leer ni escribir. Sus camaradas más íntimos y añejos decían que no era necesario y Emeterio se queda lleno de dudas y temores. 

viernes, 6 de junio de 2014

Vistazos de la Vrbe.

En tardes de extraña calma me tomo un momento: detengo mi marcha y como un desamparado, me siento a contemplar desde la distancia lo que me rodea. En una ciudad tan viva como esta siempre existe algo digno de admirar: las putas de Tlalpan, los cerdos en los tacos, los niños descalzos, los hombrecillos que parecen sombras diminutas y cetrinas que piden monedas a cambio de una horrible melodía de armónica.
Justo, en una de esas tardes, caminaba a la orilla de una avenida transitada de cuyo nombre no quiero acordarme, con la cabeza llena de un mar de incesantes interrogantes. Las olas de preguntas eran cada vez más grandes  y sentía que pronto desfallecería por el golpe fuerte de la duda, estaba esperando el choque, entonces, lo descubrí a mi alrededor: silencio.
La bofetada de calma me golpeó tan inesperadamente que tropecé y caí. Ya en el suelo, decidí quedarme a contemplar la quietud desde el asfalto. Las personas pasaban y trataban de no pisarme, qué amables, pensé.
A lo lejos a pareció la figura pequeña y concienzuda que de inmediato llamó mi Atención que respondió con voz de recepcionista entrenada. En un inicio, Atención y yo no supimos distinguir qué era pero mi compañera es más avisada y, pasados unos segundos, me comunicó lo que era. La imagen era tan hermosa, que me causó un mareo nauseabundo.
Pequeña y enjuta caminaba hacia el lugar en que Atención y yo la contemplábamos, una linda Pulgarcita. Apoyaba lentamente un pie delante del otro, como si le constara trabajo recordar qué pierna debía levantar en cada turno para poder terminar la danza de la zancada. Y en sus brazos, diminuta, una criatura repetía su rostro con habilidad rejuvenecedora. Los cabellos de la criatura que  la linda Pulgarcita llevaba en brazos, estaban divididos en dos coletas negras y abundantes, como dos fuentes lúgubres y en sus ojillos reinaba una indiferencia a su entorno casi mágica.
Pulgarcita caminaba pequeña y enjuta, con la criatura en sus brazos con parsimonia. Cuando se acercó lo suficiente, pude ver que de sus diáfanos ojos nacía el agua interminable de los salados océanos. Pulgarcita lloraba igual que como caminaba: lenta y sosegada, pensando de cuál ojo saldría la próxima lágrima. Y en su llanto maternal, el único consuelo parecía ser sostener entre sus brazos a la criatura de las fuentes lúgubres que la miraba con una sonrisa de confortable dulzura e indiferencia. Estaban solas en el mundo.
Atención y yo miramos pasar a Pulgarcita y la criatura, con sus respectivas fuentes de lágrimas y cabellos. No les quitamos los ojos de encima hasta que los ojos de Atención se secaron por no parpadear.