domingo, 18 de mayo de 2014

Vistazos de la Vrbe.

Viajar a través de una ciudad entera siempre es tedioso y cansado, sobre todo cuando hay que atravesarla de nuevo para volver al hogar, dulce hogar. Aunque la pesadez de la travesía se aminora si la realizamos para ver a un ser querido, sigue tratándose de una empresa que consume mucho del tiempo y energía que hay en un día. Sin duda, cuando se planea con anticipación, la noche anterior al viaje, justo antes de cerrar los ojos, todos pensamos en la manera más fácil y rápida para llegar al destino deseado y, en ocasiones, simplemente tomamos la ruta más cómoda a pesar de que se trate de la más insegura o, incluso de la más tardada.
            Precisamente esa ruta fue la que elegí cierto día en el que, después de semanas enteras de sufrir diversas angustias, tuve que realizar un viaje de ciudad entera. Como muchos de los que viven en esta ciudad, no conozco la comodidad, rapidez y sencillez de viajar en un auto propio, también desconozco las dificultades y peripecias de dicha experiencia, así que, realicé mi viaje en transporte público: un camión destartalado, sucio, viejo y maloliente pero al alcance de mis energías, estado anímico y bolsillo. A pesar de todo, agradezco la existencia de dichos servicios, sin los que, mi viaje sería infinitamente más largo y más letal para mi bolso que sufre de una anemia crónica aguda por querer lucir como las modelos más famosas de las revistas.
Mi ruta, toda la extensión del eje 1 oriente: inicio en la aparentemente serena Heroica Escuela Naval Militar, pasando por la transitada Miramontes, siguiendo por Las Torres altas y frías, pasando por la siempre transitada La Viga, entrando por un momento al ciclo sin fin del Anillo de Circunvalación, transitando lentamente en el origen de las escuelas públicas hoy sede de otras muchas cosas públicas Av. Vidal Alcocer, recorriendo la Av. del trabajo fétido maloliente de des(h)echos, para llegar al final de la permanentemente mutable Ferrocarril Hidalgo. Claro que el recorrido se vive más extensamente que lo apuntado aquí.
            Esa mañana me levanté más temprano de lo acostumbrado, elegí un libro y metí a mi mochila el discreto mp3 para que, con ayuda de ambos, el viaje se hiciera lo más ameno posible. Al abrir la puerta de mi casa al amanecer, recibí la bofetada del viento en mi rostro, cerré la cremallera de mi chamarra, salí, dí la vuelta, cerré la puerta, introduje la llave en la cerradura, giré la llave, escuché el pasador moverse lo que me proporcionó una absurda sensación de seguridad, dí media vuelta y comencé a caminar poniendo un pie delante del otro hasta la parada del transporte público.
            El conductor del camión era un hombre ancho, de bigotes cenizos y voz fruncida que recibió mi cuota mecánicamente. Crucé el camión vacío y me acomodé en un asiento  de plástico roto pero aún seguro junto a la ventana. Cuando mis pensamientos juegan a ser nudos de cabellos o de listones de colores, me consuela mirar por las ventanas: la seguridad de poder ver el mundo desde un lugar apartado me produce una sensación de calidez que entra por mis ojos y que me inunda. La primer hora de mi viaje sucedió de manera tranquila, con pocas paradas en las que nuevos viajeros se sumaban para transformarse en pálidas entrañas del camión. Decidí dejar de leer y mirar la ventana durante mi segunda hora de viaje y sólo entonces me percaté que habíamos llegado a Av. Vidal Alcocer, la marcha disminuyó considerablemente y de la nada surgió un maremoto de mortales que anegó el autobús, llenó las calles, empapó el viento de un olor pútrido y enlodó el ambiente con gritos, ofertas, regateos y susurros provenientes de las diáfanas prostitutas que se recargan en cualquier rincón.
Miré la venta de todo tipo de dulces desde paletas de picante polvo, pasando por los inextinguibles chupirules de colores, los que se refieren a la calvicie que todo hombre teme, los macizos, los que tienen relleno, los suaves, los agridulces, los que pican la boca hasta dejar un zumbido en los oídos, los que provocan sed, los empalagosos y los improbables, hasta los de carnes abundantes o escasas, los de profundos y malcriados escotes, los de mal aliento y uso restringido, los de cuotas diferidas y a conveniencia, los indecentes pero imprescindibles, los ocultos pero obvios, los negados pero ciertos. Toda la gama de dulces con los que se podría deleitar o entretener el paladar de cualquier persona.       
       Poco a poco y en contraflujo nos abrimos paso entre la multitud ciega a las señales viales y los mecánicos bueyes al volante, entramos de lleno en la Av. del trabajo maloliente y los locales de dulces dieron lugar a los montones y montones de des(h)echos. Pequeñas figuras encapuchadas, jorobadas y desgreñadas indagaban el tapete de infinita inmundicia con manos expertas y sucias que separaban lo útil de lo inútil delicada y atentamente, incluso se podría decir que con una paciencia amorosa. La luz del naciente y gris sol empezaba a colorear la podredumbre, por entre los reflejos pálidos del plástico multicolor y los exóticos colores de la excreción de la eterna ciudad, surgió un reflejo frío y metálico proveniente de las ruedas de una bicicleta animada por una pequeña bestia, el viento descubrió su rostro: entre la opacidad surgió una sonrisa enfermiza.
            No recuerdo si en aquel momento el semáforo era rojo, pero recuerdo la sonrisa límpida, el camino sinuoso, recuerdo los fugaces ojos, sus manecillas aferradas al manubrio, sus pies desnudos. Aún puedo ver el empuje de sus piernas, el correr de las ruedas, la posición inclinada de su pequeñez, la forma en que el sol le iluminaba parte del rostro, cómo las ruedas se abrían paso aplastando y arrojando objetos en todas direcciones. Recuerdo figuras obscuras e indefinibles alrededor de él, su pantalón roto por cuya abertura asomaba una cicatriz, su playera corta, la bicicleta de un rojo deslucido y llantas medio desinfladas y su huella en los bultos de basura. No sé en qué momento nos pusimos en marcha pero aún lo recuerdo todo.

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