Viajar a través de una ciudad entera
siempre es tedioso y cansado, sobre todo cuando hay que atravesarla de nuevo
para volver al hogar, dulce hogar. Aunque la pesadez de la travesía se aminora
si la realizamos para ver a un ser querido, sigue tratándose de una empresa que
consume mucho del tiempo y energía que hay en un día. Sin duda, cuando se
planea con anticipación, la noche anterior al viaje, justo antes de cerrar los
ojos, todos pensamos en la manera más fácil y rápida para llegar al destino
deseado y, en ocasiones, simplemente tomamos la ruta más cómoda a pesar de que
se trate de la más insegura o, incluso de la más tardada.
Precisamente
esa ruta fue la que elegí cierto día en el que, después de semanas enteras de
sufrir diversas angustias, tuve que realizar un viaje de ciudad entera. Como
muchos de los que viven en esta ciudad, no conozco la comodidad, rapidez y
sencillez de viajar en un auto propio, también desconozco las dificultades y
peripecias de dicha experiencia, así que, realicé mi viaje en transporte
público: un camión destartalado, sucio, viejo y maloliente pero al alcance de
mis energías, estado anímico y bolsillo. A pesar de todo, agradezco la
existencia de dichos servicios, sin los que, mi viaje sería infinitamente más largo
y más letal para mi bolso que sufre de una anemia crónica aguda por querer
lucir como las modelos más famosas de las revistas.
Mi ruta, toda la
extensión del eje 1 oriente: inicio en la aparentemente serena Heroica Escuela Naval
Militar, pasando por la transitada Miramontes, siguiendo por Las Torres altas y
frías, pasando por la siempre transitada La Viga, entrando por un momento al
ciclo sin fin del Anillo de Circunvalación, transitando lentamente en el origen
de las escuelas públicas hoy sede de otras muchas cosas públicas Av. Vidal Alcocer,
recorriendo la Av. del trabajo fétido maloliente de des(h)echos, para llegar al
final de la permanentemente mutable Ferrocarril Hidalgo. Claro que el recorrido
se vive más extensamente que lo apuntado aquí.
Esa
mañana me levanté más temprano de lo acostumbrado, elegí un libro y metí a mi
mochila el discreto mp3 para que, con ayuda de ambos, el viaje se hiciera lo
más ameno posible. Al abrir la puerta de mi casa al amanecer, recibí la bofetada
del viento en mi rostro, cerré la cremallera de mi chamarra, salí, dí la
vuelta, cerré la puerta, introduje la llave en la cerradura, giré la llave,
escuché el pasador moverse lo que me proporcionó una absurda sensación de
seguridad, dí media vuelta y comencé a caminar poniendo un pie delante del otro
hasta la parada del transporte público.
El
conductor del camión era un hombre ancho, de bigotes cenizos y voz fruncida que
recibió mi cuota mecánicamente. Crucé el camión vacío y me acomodé en un
asiento de plástico roto pero aún seguro
junto a la ventana. Cuando mis pensamientos juegan a ser nudos de cabellos o de
listones de colores, me consuela mirar por las ventanas: la seguridad de poder
ver el mundo desde un lugar apartado me produce una sensación de calidez que
entra por mis ojos y que me inunda. La primer hora de mi viaje sucedió de
manera tranquila, con pocas paradas en las que nuevos viajeros se sumaban para
transformarse en pálidas entrañas del camión. Decidí dejar de leer y mirar la
ventana durante mi segunda hora de viaje y sólo entonces me percaté que habíamos
llegado a Av. Vidal Alcocer, la marcha disminuyó considerablemente y de la nada
surgió un maremoto de mortales que anegó el autobús, llenó las calles, empapó
el viento de un olor pútrido y enlodó el ambiente con gritos, ofertas, regateos
y susurros provenientes de las diáfanas prostitutas que se recargan en
cualquier rincón.
Miré la venta de todo tipo
de dulces desde paletas de picante polvo, pasando por los inextinguibles chupirules
de colores, los que se refieren a la calvicie que todo hombre teme, los
macizos, los que tienen relleno, los suaves, los agridulces, los que pican la
boca hasta dejar un zumbido en los oídos, los que provocan sed, los empalagosos
y los improbables, hasta los de carnes abundantes o escasas, los de profundos y
malcriados escotes, los de mal aliento y uso restringido, los de cuotas
diferidas y a conveniencia, los indecentes pero imprescindibles, los ocultos
pero obvios, los negados pero ciertos. Toda la gama de dulces con los que se
podría deleitar o entretener el paladar de cualquier persona.
Poco a
poco y en contraflujo nos abrimos paso entre la multitud ciega a las señales viales
y los mecánicos bueyes al volante, entramos de lleno en la Av. del trabajo
maloliente y los locales de dulces dieron lugar a los montones y montones de
des(h)echos. Pequeñas figuras encapuchadas, jorobadas y desgreñadas indagaban
el tapete de infinita inmundicia con manos expertas y sucias que separaban lo
útil de lo inútil delicada y atentamente, incluso se podría decir que con una
paciencia amorosa. La luz del naciente y gris sol empezaba a colorear la podredumbre,
por entre los reflejos pálidos del plástico multicolor y los exóticos colores
de la excreción de la eterna ciudad, surgió un reflejo frío y metálico
proveniente de las ruedas de una bicicleta animada por una pequeña bestia, el
viento descubrió su rostro: entre la opacidad surgió una sonrisa enfermiza.
No recuerdo si en aquel momento el
semáforo era rojo, pero recuerdo la sonrisa límpida, el camino sinuoso,
recuerdo los fugaces ojos, sus manecillas aferradas al manubrio, sus pies desnudos.
Aún puedo ver el empuje de sus piernas, el correr de las ruedas, la posición
inclinada de su pequeñez, la forma en que el sol le iluminaba parte del rostro,
cómo las ruedas se abrían paso aplastando y arrojando objetos en todas
direcciones. Recuerdo figuras obscuras e indefinibles alrededor de él, su
pantalón roto por cuya abertura asomaba una cicatriz, su playera corta, la
bicicleta de un rojo deslucido y llantas medio desinfladas y su huella en los
bultos de basura. No sé en qué momento nos pusimos en marcha pero aún lo
recuerdo todo.
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