Viajera voluble, quédate un poco más, te
lo ruego. De ensueño en fantasía, corres sin detenerte más de lo necesario para
turbar los ánimos. En ocasiones produces los más bellos sueños que he visto,
con apenas un toque, un roce de tu voz, creas universos infinitos pero confusos.
Yo los observo crecer en las secretas pupilas de los hombres que tocas con tu
imperceptible piel, todos inician de la misma manera: tu rizado y confuso
cabello en donde un denso laberinto los aguarda y, en el que invariablemente, ellos
se internan confiados de que al final, te encontrarán en el centro con una
sonrisa casi materna y los brazos abiertos, esperan abrazarte y hundir su cara
en tus fragantes rizos. Pero puedo ver cómo a medida que toman caminos equivocados,
callejones sin salida y regresan al punto de partida, los abandonas, dejas en
el centro del laberinto, quimeras que, en realidad, son ellos mismos: el ratón busca
al ratón, el hombre, después de precipitarse en tu laberinto, termina
buscándose a sí mismo.
El sueño se transforma
en la casa de los espejos.
Te observo a lo lejos, calculo tus
movimientos y trato de imitarlos y, sin embargo, soy consciente de que, en mí, resultan
torpes y poco naturales. Anoto con detenida atención todo lo que usas y haces,
desde el color de tus aretes, pasando por el perfecto ajuste de tu vestido, tu
extraña pero fascinante postura, las palabras de tu vocabulario, la forma en
que tus labios se detienen en cada pausa, la danza de tu pecho al compás de la
respiración. Pero sobre todo, miro tu cabello: me obsesionan su extraña silueta,
su brillo casi místico, su soltura natural. Te estudio como si fueras una pintura
y deseo con todas mis fuerzas que, por efecto de tu conjuro, esta vez, seas tú
la que se convierta en hermosa estatua, dispuesta a permitir al mundo que la
contemple, en vez de transformar al mundo entero en algo de quietud
insoportable comparado con tu gracia rápida y fácil.
Trato de capturarte en
un frasco transparente, bella libélula, para poder vigilarte y, así, lograr con
el tiempo, ser como tú. Quiero ser tu copia fiel, tu fotografía, tu otro yo. Pero
a mí también me pones una trampa: al siguiente día regresas cambiada en algo
totalmente distinto y tengo que iniciar el estudio desde cero, de nuevo. Una y
otra vez, no sé cuántas veces has jugado a ser una, para que yo trate de
copiarla y, finalmente cambiarla para que jamás la alcance. Y yo siempre juego,
sin importar cuántas veces fracase.
Cada día, eres nueva y
distinta, cada día eres tú y eres otras, cada día viajas de mujer a mujer, de
hombre a hombre, sin remordimientos ni ataduras. Y yo, atrapada en la casa de espejos que me construiste
y que yo acepté habitar, siempre me topo conmigo misa, en las pupilas que me
miran no hay más que otros reflejos, mis viajes siempre me dejan marcas e, invariablemente,
el destino siempre soy yo.
Viajera, quédate un
poco más: déjame contemplarte fascinada, que yo no soy más que una sola mujer.
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