martes, 29 de julio de 2014

El día de limpieza.

Con un fuerte portazo, Papá salió desde muy temprano. De inmediato, la música de Mamá vino muy clara desde el estéreo hasta mi cama y yo sé qué significa oír a Amanda Miguel  en mi sala: era el día de limpieza. No entiendo porqué una canción indica que es día de limpiar toda la casa, levantando todos los muebles y los adornos, cambiando cada cosa de lugar y reacomodando todo de nuevo, pero así es. Amanda Miguel es limpieza. Tirar lo viejo para darle espacio a lo nuevo, dice entre  dientes Mamá.
Al salir de mi habitación ya tengo puestos mis zapatos más viejos y mi ropa más usada y cómoda: lo mejor para la movilidad completa. La lavadora está a medio tragar a Mamá y, sin mirarla siquiera, tomo mi balde, mi escoba y mi esponja quita todo tipo de mugre. Lo primero del día para mí es el baño. Mientras cepillo las baldosas con toda mi fuerza, la voz de la buena Amanda se borra y sólo existe del push-push-push que provoca la aparición de espuma nueva y maravillosa: primero es gris y, poco a poco, logro que sea blanca. De pequeña cuando había jabón para manos me dedicaba a producir mucha espuma y aplicarme una buena capa en las manos y los antebrazos, eran los guantes más elegantes que jamás alguien haya visto, en otras ocasiones, cuando no había jabón debía tallarme con una piedra.
Mamá y yo, como un equipo, limpiamos las demás habitaciones y movemos todo de lugar: cambiamos las recamaras por la sala de estar, la cocina por el cuarto de lavado y el baño…ese siempre lo dejamos en el mismo lugar. Estornudo por el polvo viejo, me quejo a la hora de empujar un mueble muy grande y, casi siempre rompo algo. Mamá es rápida y carga la televisión, cambia la mesa, voltea la cama, carga el mueble de mi ropa y recoge lo que yo he tirado, en una sola canción y sin dejar de cantar. No me gustan los espacios pequeños: tienen arañas, pero Mamá las toma con sus manos y las deja volar por la ventana.
—Sofía, ven. Es hora de enseñarte a limpiar la estufa.
Yo que estaba terminando de sacudir al último perrito de porcelana, casi lo tiro de la impresión. Aún tenía la cicatriz de cuando la abuela me quemó con sosa por ensuciar la estufa cuando ella había terminado de lavarla. Avancé hacia lo cocina y vi que Mamá me veía firmemente.
—Ninguna mujer que se respete dejaría sucia la estufa. Quita esa cara: no usaremos sosa.
Frente a mí, Mamá lucía alta y delgada, bajos sus ojos había una capa de fino polvo gris y su ropa estaba mojada en varios lugares. Me mostró qué debía mezclar en un balde pequeño, sin jamás usar una cantidad exacta, dijo que era algo instintivo, como cuando se cocina. Me dijo que quizás me arderían las manos y que, seguramente, al día siguiente me dolerían los brazos. La estufa negra contra la pared blanca tenía desagradables manchas amarillas a su alrededor, había zonas en las que parecía que un líquido se había estancado en la estufa por mucho tiempo y se había empantanado. Era asqueroso.
—Hay que limpiarla todos los días pero una limpieza profunda como la de hoy se puede hacer menos seguido. 
Metió su esponja en la mezcla preparada y me mostró cómo tallar cada zona. Dividió la estufa en dos partes y nos asignó un lado a cada una. Amanda había acabado su perorata y reinaba un ligero clash-clash. Después de un rato comencé a sentir el cansancio por tallar tan fuerte y por tanto tiempo, la piel de mis manos comenzaba a causarme escozor y mis uñas se rompían como papel. Miré a Mamá y una ligera capa de sudor cubría su rostro, su mirada estaba lejos muy lejos de la estufa. Decidí seguir. De pronto una voz tranquila y dulce, baja y cantada comenzó a llenar la habitación: Mamá estaba hablando. Lo hacía en un tono que jamás le había escuchado. Me contó cómo conoció a mi padre y me dijo que teníamos la misma sonrisa, que por eso, cuando yo reía ella se quedaba muy seria. Me dijo que, cuando él se fue, las dos lloramos mucho por muchos días pero que después conoció a Papá.  Me dijo que Papá había sido muy tonto el día anterior. Recordó que de niña quería ser veterinaria y no secretaria, me contó que la Abuela la había castigado envenenando a su gato porque ella había respondido mal un examen. Y me dijo que cuando el doctor le contó que tendría una hija, lloro de felicidad en el baño del hospital. La estufa quedó como nueva.

Al día siguiente mis manos ardían potentemente, mis brazos me dolían y mis uñas se habían caído hasta un límite en que me dolía usar los dedos. Me miré al espejo y me sonreí tratando de adivinar cómo sería si fuera un hombre. Supe porqué  Mamá y la Abuela tenían las manos rasposas y las uñas muy cortas. Entré a la cocina y estaba resplandeciente. Cuando Mamá se marchó al trabajo me besó la cabeza y me sonrió. Guardé el cassette de Amanda Miguel hasta el próximo día de limpieza. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario