Con un fuerte portazo, Papá salió desde
muy temprano. De inmediato, la música de Mamá vino muy clara desde el estéreo
hasta mi cama y yo sé qué significa oír a Amanda Miguel en mi sala: era el día de limpieza. No
entiendo porqué una canción indica que es día de limpiar toda la casa,
levantando todos los muebles y los adornos, cambiando cada cosa de lugar y
reacomodando todo de nuevo, pero así es. Amanda Miguel es limpieza. Tirar lo
viejo para darle espacio a lo nuevo, dice entre dientes Mamá.
Al salir de mi
habitación ya tengo puestos mis zapatos más viejos y mi ropa más usada y
cómoda: lo mejor para la movilidad completa. La lavadora está a medio tragar a
Mamá y, sin mirarla siquiera, tomo mi balde, mi escoba y mi esponja quita todo tipo
de mugre. Lo primero del día para mí es el baño. Mientras cepillo las baldosas
con toda mi fuerza, la voz de la buena Amanda se borra y sólo existe del
push-push-push que provoca la aparición de espuma nueva y maravillosa: primero
es gris y, poco a poco, logro que sea blanca. De pequeña cuando había jabón
para manos me dedicaba a producir mucha espuma y aplicarme una buena capa en
las manos y los antebrazos, eran los guantes más elegantes que jamás alguien
haya visto, en otras ocasiones, cuando no había jabón debía tallarme con una
piedra.
Mamá y yo, como un
equipo, limpiamos las demás habitaciones y movemos todo de lugar: cambiamos las
recamaras por la sala de estar, la cocina por el cuarto de lavado y el baño…ese
siempre lo dejamos en el mismo lugar. Estornudo por el polvo viejo, me quejo a
la hora de empujar un mueble muy grande y, casi siempre rompo algo. Mamá es
rápida y carga la televisión, cambia la mesa, voltea la cama, carga el mueble
de mi ropa y recoge lo que yo he tirado, en una sola canción y sin dejar de
cantar. No me gustan los espacios pequeños: tienen arañas, pero Mamá las toma
con sus manos y las deja volar por la ventana.
—Sofía, ven. Es hora de
enseñarte a limpiar la estufa.
Yo que estaba
terminando de sacudir al último perrito de porcelana, casi lo tiro de la
impresión. Aún tenía la cicatriz de cuando la abuela me quemó con sosa por
ensuciar la estufa cuando ella había terminado de lavarla. Avancé hacia lo
cocina y vi que Mamá me veía firmemente.
—Ninguna
mujer que se respete dejaría sucia la estufa. Quita esa cara: no usaremos sosa.
Frente a mí, Mamá lucía
alta y delgada, bajos sus ojos había una capa de fino polvo gris y su ropa
estaba mojada en varios lugares. Me mostró qué debía mezclar en un balde
pequeño, sin jamás usar una cantidad exacta, dijo que era algo instintivo, como
cuando se cocina. Me dijo que quizás me arderían las manos y que, seguramente,
al día siguiente me dolerían los brazos. La estufa negra contra la pared blanca
tenía desagradables manchas amarillas a su alrededor, había zonas en las que
parecía que un líquido se había estancado en la estufa por mucho tiempo y se
había empantanado. Era asqueroso.
—Hay
que limpiarla todos los días pero una limpieza profunda como la de hoy se puede
hacer menos seguido.
Metió su esponja en la
mezcla preparada y me mostró cómo tallar cada zona. Dividió la estufa en dos
partes y nos asignó un lado a cada una. Amanda había acabado su perorata y
reinaba un ligero clash-clash. Después de un rato comencé a sentir el cansancio
por tallar tan fuerte y por tanto tiempo, la piel de mis manos comenzaba a
causarme escozor y mis uñas se rompían como papel. Miré a Mamá y una ligera
capa de sudor cubría su rostro, su mirada estaba lejos muy lejos de la estufa.
Decidí seguir. De pronto una voz tranquila y dulce, baja y cantada comenzó a
llenar la habitación: Mamá estaba hablando. Lo hacía en un tono que jamás le
había escuchado. Me contó cómo conoció a mi padre y me dijo que teníamos la
misma sonrisa, que por eso, cuando yo reía ella se quedaba muy seria. Me dijo
que, cuando él se fue, las dos lloramos mucho por muchos días pero que después
conoció a Papá. Me dijo que Papá había
sido muy tonto el día anterior. Recordó que de niña quería ser veterinaria y no
secretaria, me contó que la Abuela la había castigado envenenando a su gato
porque ella había respondido mal un examen. Y me dijo que cuando el doctor le
contó que tendría una hija, lloro de felicidad en el baño del hospital. La
estufa quedó como nueva.
Al día siguiente mis
manos ardían potentemente, mis brazos me dolían y mis uñas se habían caído
hasta un límite en que me dolía usar los dedos. Me miré al espejo y me sonreí
tratando de adivinar cómo sería si fuera un hombre. Supe porqué Mamá y la Abuela tenían las manos rasposas y
las uñas muy cortas. Entré a la cocina y estaba resplandeciente. Cuando Mamá se
marchó al trabajo me besó la cabeza y me sonrió. Guardé el cassette de Amanda
Miguel hasta el próximo día de limpieza.
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