viernes, 8 de mayo de 2015

Vistazos de la Vrbe.



Contra jirones de luces ámbar, con momentos rosáceos que contrastan con hermosos rasguños celestes, su silueta se contrasta: negra, misteriosa, densa. Parece estar listo para promocionar algún producto pero no, todo lo que vende es así mismo. ¿Lo comprarán? Por supuesto, se nota aún desde lejos que es Él, que en sus manos tiene el destino de cientos de personas, y que a lo largo de su vida hace que  miles de vidas le deban  algo. A bordo del metro, detenidos por infinitos minutos en Villa de Cortés, lo miramos desde la mitad de Tlalpan, estupefactos, fascinados, temerosos. Nuestros ojos se levantan para verlo, parece que rogamos a un Dios envidioso, como Vírgenes dolorosas levantamos el semblante lloroso. Somos testigos de una Epifanía cristalina y deseamos que ni el metro, ni Él se muevan. Por unos minutos, la orfandad desaparece. 

Desde la altura los contemplo, pequeñas hormigas malditas. Sé lo que piensan cuando me miran, sé que todos ustedes se treparían por mis piernas, me morderían y me llenarían de ronchas punzantes, enloquecedoras y que mi carne por siempre estaría ya envenenada. Y todo para que ustedes se quedaran con un pedazo de mi. Pero no, no se los daré. Malditos. Antes los mato a todos. Desde esta altura todos son testigos de mi verdadero poder, en cambio, allá abajo cuando camino a su lado, me escupen. Pendejos. Presumen su poder, me restriegan sus estúpidas pertenencias. Y ¿yo para qué chingados quiero esas pendejadas, si los tengo agarrados de los huevos? Jajajajaja. Pues sí, mis queridos pendejos todos sus huevos me pertenecen y ustedes ni saben. Yo soy el único con poder aquí. Gracias a mi son lo que son. Gracias a mi duermen tranquilos, putos. Pendejos, todavía confían en mi. Cuando cierran su ojitos de pulguita pedorra noche tras noche, cuando se sienten seguros al entrar a su pocilga, cuando, engreídos, menciona “mi casa”; todos están chupándome los huevos. Cuando caminan por estas calles intrincadas,  como señores de mundo; mientras le jalan al excusado para que se lleve toda su mierda; cuando prenden una luz después de una pesadilla patética...en cada movimiento que hacen, en cada espacio que habitan, cada maldita cosa que llevan a su inmunda boca: ahí estoy yo. Mis semejantes y yo: la escoria de esta y de todas las putas ciudades, los peones que descartan primero, la carne maloliente del banquete. La ciudad no viviría sin nosotros, sería un sueño, una ilusión. Nosotros somos los que cambiamos al mundo, los que le damos forma, los que lo destruyen para, con los pedazos rehacer los rascacielos, darles los parques, los transportes, los que les dan la vida que conocen. La ciudad es NUESTRA obra, no la suya, nos PERTENECE como un hijo idiota: está a nuestra disposición y es también nuestra carga...¿quiénes sino los albañiles construimos el mundo? Ustedes lo habitan pero nosotros lo creamos. 

jueves, 15 de enero de 2015

Plegaria.

Hermanos, antes de darnos la paz, me han pedido que levantemos una oración al Señor, esta vez por nuestros hermanos los escritores por encargos.

Señor, no olvides a esos, tus hijos, también, los escritores por encargo. No alejes de ellos tu mano incendiaria que ilumina sus noches de computadoras forzadas, de correcciones inútiles que a nadie interesan. Sé el fuego que calienta sus lecturas esperanzadas, sé la palabra sagrada que los atormenta y los libera al mismo tiempo contradictorio. Sé su esperanza a las tres de la mañana, cuando por fin terminan el encargo y, ante el blanco de la página creadora, se acercan al Maligno que les cierra los ojos de sueño y de temor. Sé la voz que narra todo lo que ven dentro de su cabeza, sé la inspiración para creer que aún hay cosas que decir del mundo, del hombre y de ti. Permíteles acuñar tu luz en esas inmensas ojeras, en esos gruesos anteojos. Dales el empleo que les permita seguir manteniendo la industria editorial sin la cual, ellos no hubieran encontrado jamás su camino en la vida. Dales el coraje de escribir lo que les venga en gana, de sus amigos, del poder, de ti, aunque después desechen lo que les parezca incorrecto. Haz de sus oídos los mejores para atrapar las canciones de las conversaciones, de sus ojos los espejos del asombro, de sus labios el candado de la expresión, de sus manos el cincel y de su gusto...trata de que sea el mejor. Señor, permíteles ver, permíteles pensar, permíteles imaginar cosas que son reales. Señor, no permitas que el tiempo se los coma, protege el verdadero talento de ser usado por el Maligno en forma de mercado, aunque ellos así te lo pidan. Dales unos pocos demonios pequeños, mi Señor para esas noches de soledad.  Señor, sé las cenizas desatadas en sus noches eternas. 
Y, Señor, danos paciencia y comprensión a quienes los rodeamos. Haz estériles y frígidas a sus mujeres, haz indiferentes y crueles a sus hombres. Haznos hostiles con ellos, haznos odiarlos mientras están con nosotros para que, en el fondo de nuestros corazones sepamos que ellos son tus mejores corderos, haznos entender que ellos se sacrifican al ser los parias de nuestro mundo. Señor, aleja a sus amigos, dales trabajos de horarios imposibles, llévate a sus padres a tu lado cuando sean buenos y déjalos junto a ellos cuando sean el Maligno. Danos la incapacidad de ver directamente a esos escribidores y el don de odiarlos cuando los percibamos, de olvidadlos fácilmente e intrigarnos hasta la médula cuando los miremos de lejos. Señor, hazlos desagradables a nuestra vista, hazlos detestables a cualquier mirada. Y, sobre todo, Señor, hazlos inútiles para el amor carnal. 
Señor, quítales toda la felicidad, dales la consciencia de la soledad del hombre mortal y la doble soledad del hombre que escribe. Pero sobre todo dales, Dios Mío, la esperanza de que ellos podrán escribir algo bueno. 
Amén. 

Líbranos, Señor, de todos los males y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.
 —Tuyo es el Reino, tuyo es el poder y la gloria por siempre, Señor.
Señor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles La paz os dejo, mi paz os doy,  no tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia y, conforme a tu palabra, concédele la paz y la unidad. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.
—Amén
La paz del Señor esté siempre con vosotros
—Y con tu espíritu
Daos fraternalmente la paz.
(Varias manos se quedaron vacías, estiradas hacia la nada.)