martes, 23 de diciembre de 2014

Los últimos de la fiesta.

Se habían ausentado por sólo un instante: fueron a la habitación por un abrigo y un beso. Llevaban el sonido de la charla y la música pegado a sus oídos. Sólo fue un instante. Cuando volvieron a la sala de estar, ésta ya estaba vacía: las guitarras estaban quietas, había cojines por doquier pero lo más abundante eran los vasos marchitos. 
Se miraron: eran los últimos de la fiesta. 
Al fin, empezaron a recoger los restos de algo que, para ellos, ni siquiera había empezado. Ella lo miraba atónita, con sus grandes ojos colmados de dudas "Ni siquiera se despidieron". Había planeado aquello con tanto cuidado y antelación, con tanta esperanza y expectativas y, ahora, sin que se hubiera percatado de nada, todo había terminado. Comenzó a llorar con vasos sucios en las manos. 
Él se acercó lentamente y la tomo de los brazos, con impercitible paciencia la condujo a un sofá. Hacía tiempo que él había aprendido a desprenderse, a no esperar y a dejarse sorprender sin caer en las trampas de la expectativa y la frustración de las esperanzas frustradas. Pero ella...ella se apegaba demasiado pronto a todo, era una de las cosas por las que la amaba y, aún así, en momentos como este, deseaba que fuera distinta.
Esa noche la vio envejecer en llanto y, poco a poco, como quien mira una vela derretirse, la vio morir en el sillón, aferrada a los vasos. Lo único que quedo de ella fue su aroma en aquellos vasos marchitos que él guardo en la vitrina de vidrio. 

martes, 9 de diciembre de 2014

Sin título.

Lo habían golpeado tan fuerte que sus ojos estaban totalmente cerrados, apenas podía reconocer sus rasgos tan hermosos que alguna vez mi cuerpo creó. Tirado en la calle como estaba, regresó a mis brazos del mismo modo en que alguna vez llegó: dependía de mi de nuevo. Alrededor de nosotros la gente corría, hablaban, tal como aquella vez en que corrían para conocerlo, en que hablaban para él. Grité, grité por ayuda igual que cuando me deshacía en maremotos de dolor que emergían de mí, grité tanto que empecé a enmudecer, el maremoto esta vez era catastrófico: no quedaría nada. Tomó mi mano entre las suyas y trató de hablarme, lo sentí estremecerse por aire entre mis brazos y mientras él boqueaba con terror, ellos seguían como terremoto imparable, derrumbando, condenando, levantando sus poderosas ondas telúricas dejando a otros en la misma miseria que a él.
A penas pudo abrir la flor que eran sus labios, a penas junto aire, a penas sentí sus manos tomando las mías. Me acerqué a su rostro bello hinchado: nada me impediría reconocerlo, ni aunque no quedara ya nada de él. Besé su hermosa frente abierta y, tal como la primera vez que lo besé, el sabor salado, espeso, a hierro, a sangre. A penas mis labios tocaron su piel a través de toda esa mezcla de sustancias cuando abrió sus dulces labios para nombrarme por última vez.
Y miles como yo me rodearon, miles de madres sin hijos lloraron junto a mí en la noche cargada de muerte.

sábado, 6 de diciembre de 2014

El juego de los besos.

Desde que aprendí a besar me ha gustado dejar huellas de mis pasos. La culpa es de Celia, encantadora y tres años mayor que yo, me besó inesperada, turbadoramente: dejó en mi memoria el rojo terciopelo y húmedo. Yo tenía diez y, como toda niña de esa edad aún le tenía asco a los hombres pero quería que mi primer beso fuera especial y Celia se aseguró de que así fuera. Aún hoy me pregunto porqué lo hizo. Era amiga de mi hermana y era atlética, alta y hermosa. Una tarde, mi hermana y Celia habían robado algunos labiales de mi madre y, frente al espejo del baño, se los probaban uno a uno, borrando todo con papel de baño, mientras yo las contemplaba desde la puerta. Mi hermana nos dejó solas por un momento cuando fue por refrescos, entonces Celia se puso el rojo más obscuro, caminó hacia mí y me besó. Se ve bien en tu piel  blanca, me dijo cuando se separó. Nunca volví a estar a solas con ella. 
Y, sin embargo, Celia nunca me dejaría: para cuando besé por primera vez a un chico, ya había robado ese labial del bolso de cosméticos de mi madre y me encantó ver el rojo en la cara de tarugo de Marco. Seguí usando ese rojo sangre hasta que, finalmente, mordí a Diego tan fuerte que, lo hice sangrar pero no me dí cuenta hasta que él me apartó furioso ¿Estas loca? me pregunto ¡Mi madre me va a matar! y decidí dejar a Diego. 
Con mi primer paga compré una hermosa variedad de labiales rojos y los usé todos. Noté que, a los hombres que les gustaban los besos largos, pausados y apenas rozando la lengua, les gustaban los rojos casi naranjas; mientras que, a los hombres cuyos besos eran rápidos, furiosos, profusamente húmedos les encantaba el rojo vino. Pero a ninguno le gustaba el rojo sangre, ese era para las mujeres. 
La primera vez que me acosté con un hombre, dejé a Herminio, las sábanas de la cama de hotel y a mí misma llena de rojo carmesí. La primera vez que tuve un orgasmo, la boca de Víctor quedó color borgoña. La primera vez que me enamoré, Luis amaba el ciruela. Pero Walter fue mi revelación: la primera vez que lo besé el rojo sangre no dejó huella, tampoco lo hizo después el borgoña, el carmesí, ni el rojo sangre. Desesperada me dí cuenta de que, no dejaba ninguna huella en Walter. La primera vez que nos acostamos, me mordió y me hizo sangrar el labio; la primera vez que hicimos el amor, me sostuvo tan fuerte que sus dedos quedaron marcados en mis muñecas. 
Mordí, añaré, golpee. Nada. Ni una sola, ni una marca. Una noche mientras él dormía, lo contemplé. Miré su pecho subir y bajar, sus ojos moverse bajos sus párpados, su boca abrirse ligeramente y lo entendí. El rojo no me servía con Walter. 
Al siguiente día compré un labial blanco, uno que me costó mucho encontrar y, al volver a casa, marqué todo el cuerpo de Walter.