A ti, amigo, que también miras las estrellas.
Y el olor, ese olor que no se iba. La luz de los faroles entrando por la
ventana, los faroles observándolo, atentos, contemplando cómo los hilos de esa
sábana invisible se iban rompiendo en la medida en que él despertaba. Alcanzó a
verlos con los focos volteados hacia él, en el momento justo cuando ellos
volvían a iluminar el pavimento de la calle y se preguntó si ya había acabado.
Estimada Nora. Si algunas pesadillas nos despiertan sobre asombrosos días de espuma, también, y como un extraño giro de la vida, hay palabras que son dichas (pienso en tu letra) como sorpresas gratas. Gracias.
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