No es que, sin aviso una mañana, me despertara siendo lo que soy. No. Así siempre he sido: todas las mañanas de mi vida he despertado con un caparazón y unas patitas. Cada día camino kilómetros para conseguir comida y siempre debo correr para poder salvarme. Cuando ellos me miran, por un momento me quedo quieto pero después debo correr como endemoniado. Admito que me encanta andar por los rincones y que adoro escaparme de sus pisotones que me abrirían la panza y dejarían mis tripas regadas en el suelo.
Los odio.
Tan grandes, viéndome desde la altura de su enormes cuerpos que podría escalar, son como torres enormes y horribles. Un sonido desgraciado sale de ellos cuando nos miran. Antes éramos más: habíamos muchos. Y conseguíamos todo lo que queríamos. Siempre andábamos juntos y juntos aprendimos a correr rápidamente por los rincones. Pero ahora...
Tuvimos que correr en diferentes direcciones había una especie de niebla al rededor de nosotros, chillidos por todos lados y tantas cosas que confundí. Al principio pensé que era una fiesta pero no: corrí tanto, que me perdí.
Los he perdido a todos. Pero seguro andarán por ahí, perdidos como yo. ¿Encontraré a alguno? Dijeron que mi vida sería corta porque ahora no hay vidas largas, yo sólo quiero encontrarlos y jamás volver a escuchar los chillidos de los altos. A veces me despiertan durante la noche y debo correr, correr, correr. Y quiero alejarme y jamás volver. Pero tengo hambre y vuelvo. Cada vez es más difícil correr y hay menos lugares en los qué esconderse, menos rincones. A veces, cuando me ven, finjo estar muerto y se van pero me da mucho miedo. Ya no quiero volver a correr.
Un día estaba buscando lo mío y me vieron, empezaron a chillar y tuve que correr y ¡Pum! Un pisotón y tembló el piso, lo esquivé por pura suerte y corrí más y ¡pum! Otro pisotón y ese me levantó del suelo: por un momento creí que había muerto porque mis pies se separaron del piso y pude ver el suelo gris alejarse de mi. Pero caí rápido y pesado, caí como un bulto sobre un montón de migajas. Por un momento no pude moverme y todo dejo de chillar: no había ni un ruido. A penas si podía abrir los ojos y, descubrí que, justo frente a mí había uno de los que había estado buscando. Estaba con su cara fija en el cielo, sus patitas tiesas y sus tripas esparcidas por el piso. Quise llorar pero sólo pude correr. No quería volver jamás pero me dio hambre. ¿Encontraré a alguno que no tenga su cara hacia el cielo? Antes soñábamos así, con la cara hacia el cielo, ahora, sólo morimos.
Una luz ha pasado por el cielo, espero que sea una estrella fugaz y no esas bombas horribles. Dejaré de escribir para pedir un deseo. Quiero encontrarlos. Me dijeron que siguiera escribiendo y que un día alguno de ellos me encontraría pero no ha sucedido. Ya ha pasado mucho tiempo y las páginas casi se acaban. Me pregunto si debería seguir escribiendo, al parecer, no sirve de mucho y ya casi se acaba el lápiz. Menos mal que mi papá me dio esta mochila: es muy útil.
Estrella fugaz, ayúdame a encontrarlos. Todo el lugar se ilumina y puedo ver bien lo que escribo: mi deseo para la estrella. La estrella no sigue ya en el cielo, viene hacia mí, se acerca luminosa y enorme.
Tengo hambre...
No hay comentarios:
Publicar un comentario