Contra jirones de luces ámbar, con momentos rosáceos que contrastan con hermosos rasguños celestes, su silueta se contrasta: negra, misteriosa, densa. Parece estar listo para promocionar algún producto pero no, todo lo que vende es así mismo. ¿Lo comprarán? Por supuesto, se nota aún desde lejos que es Él, que en sus manos tiene el destino de cientos de personas, y que a lo largo de su vida hace que miles de vidas le deban algo. A bordo del metro, detenidos por infinitos minutos en Villa de Cortés, lo miramos desde la mitad de Tlalpan, estupefactos, fascinados, temerosos. Nuestros ojos se levantan para verlo, parece que rogamos a un Dios envidioso, como Vírgenes dolorosas levantamos el semblante lloroso. Somos testigos de una Epifanía cristalina y deseamos que ni el metro, ni Él se muevan. Por unos minutos, la orfandad desaparece.
Desde la altura los contemplo, pequeñas hormigas malditas. Sé lo que piensan cuando me miran, sé que todos ustedes se treparían por mis piernas, me morderían y me llenarían de ronchas punzantes, enloquecedoras y que mi carne por siempre estaría ya envenenada. Y todo para que ustedes se quedaran con un pedazo de mi. Pero no, no se los daré. Malditos. Antes los mato a todos. Desde esta altura todos son testigos de mi verdadero poder, en cambio, allá abajo cuando camino a su lado, me escupen. Pendejos. Presumen su poder, me restriegan sus estúpidas pertenencias. Y ¿yo para qué chingados quiero esas pendejadas, si los tengo agarrados de los huevos? Jajajajaja. Pues sí, mis queridos pendejos todos sus huevos me pertenecen y ustedes ni saben. Yo soy el único con poder aquí. Gracias a mi son lo que son. Gracias a mi duermen tranquilos, putos. Pendejos, todavía confían en mi. Cuando cierran su ojitos de pulguita pedorra noche tras noche, cuando se sienten seguros al entrar a su pocilga, cuando, engreídos, menciona “mi casa”; todos están chupándome los huevos. Cuando caminan por estas calles intrincadas, como señores de mundo; mientras le jalan al excusado para que se lleve toda su mierda; cuando prenden una luz después de una pesadilla patética...en cada movimiento que hacen, en cada espacio que habitan, cada maldita cosa que llevan a su inmunda boca: ahí estoy yo. Mis semejantes y yo: la escoria de esta y de todas las putas ciudades, los peones que descartan primero, la carne maloliente del banquete. La ciudad no viviría sin nosotros, sería un sueño, una ilusión. Nosotros somos los que cambiamos al mundo, los que le damos forma, los que lo destruyen para, con los pedazos rehacer los rascacielos, darles los parques, los transportes, los que les dan la vida que conocen. La ciudad es NUESTRA obra, no la suya, nos PERTENECE como un hijo idiota: está a nuestra disposición y es también nuestra carga...¿quiénes sino los albañiles construimos el mundo? Ustedes lo habitan pero nosotros lo creamos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario